Resiliencia y apego, un vínculo seguro, una fusión extraordinaria

“El concepto de resiliencia ha acabado con la dictadura del concepto de vulnerabilidad” S. Tomkiewicz


Pensar en Resiliencia, no hace mucho tiempo, era inmediatamente evocar los primeros años de mi formación profesional, sobre todo porque algo de mi propia historia se veía inmediatamente atrapado al término. Para aquel entonces la idea más divulgada venía de las escuelas estadounidenses, y generalmente me impresionaba esa percepción un tanto mística y azarosa de referida terminología. Quizás dicha concepción se veía influenciada por la psicología tradicional, la enfocada a la prevención del trauma, la sintomatología derivado de éste, así como las posibles maneras de intervención. Explicado de otro modo, se creía que lo normal después de un evento catastrófico o traumático era la aparición de síntomas ansioso-depresivos o en el peor de los casos psicopatologías derivadas de estos estados, por lo que todo aquel que saliera indemne, o que presentara una reacción diferente a lo esperado era concebido como raro o particularmente dotado de alguna fuerza interior superior a la norma. Por lo tanto la resiliencia era concebida como un catálogo de cualidades que ciertas personas tenían para sobrepasar los embates de la vida y retomar el curso de ésta ilesos.

Sin embargo también recuerdo modelos más optimistas, como la psicología humanista de Roger o la logoterapia de Viktor Frankl, que de manera indirecta hacían eco a este término, ambas apuntan a las características innatas del ser humano, o la voluntad de encontrar un sentido ante la adversidad y de reponerse no solo a los eventos más o menos dolorosos de la vida (sucesos que forman parte de la evolución de cualquier ser humano) sino también de aquellos embates que pueden vulnerar de manera profunda su mundo interno.

Pero es la psicología positiva, teniendo como gran representante a Seligman, quien me trastoca el espíritu hacia una búsqueda de nuevos modelos que enfaticen más en las emociones positivas y fortalezas del ser humano, así como en los mecanismos que éste emplea para salir a flote de la adversidad así como servirse de ella para aprender y evolucionar. Esta innovadora visión del ser, me resultó no solo interesante, además de menos mágica y emocionalmente más inteligente, puesto que permite mirar al hombre como un ser no lineal o normado; y que si bien es cierto es muy posible que ante el evento traumático se muestre perturbado, sin embargo con el devenir de los días puede retomar el curso de su vida. Esto se podría explicar, a que en su interior coexisten emociones tanto negativas (las provocadas por la pérdida o el trauma) como positivas, lo que quiero decir es que, podrá experimentar la tristeza y dolor (diferentes estudios de Folkman, Moskowitz, 2000; y Bonanno, así lo reflejan) y en paralelo, también mostrarse optimista por el avenir, e incluso reponerse del momento doloroso sin secuelas psicológicas, así como sacando provecho de éste.

Estos estudios hacen entre otras cosas, desmitificar la idea del trauma o de la víctima, en esta postura la experiencia adversa está presente, pero es el hombre protagonista, no la escena traumática o la crisis a sopesar, él es amo y señor de lo que decide hacer y sentir ante tal adversidad. Cabe mencionar que tal performance no lo realiza solo, pues en muchas ocasiones la fuerza interior que le permite vislumbrar otro después, está influenciada por diferentes factores que lo protegen o lo soportan. Aquí hago un guiño a la idea de Manciaux, (pediatra francés, el cual profundizaré más tarde), él considera que ante la dificultad, entra en escena la manera constructiva de cómo es abordada la dificultad, partiendo de la movilización de recursos tanto personales como del medio del individuo. Es pues esta configuración de factores (dificultad, modo de abordar, y recursos existentes) lo que hace posible entender la resiliencia como un proceso dinámico, que evoluciona hacia un aprendizaje, una metamorfosis o bien un crecimiento postraumático.

Muchos años más tarde en la continuación de mi formación académica y en la búsqueda de sentido de unas cuantas tragedias acumuladas en mi vida, me sumergí en la lectura de textos de otras posturas (autores franceses e ingleses) que empoderaban las ideas ya concebidas así como también la dotaban de cierto rigor clínico, científico y de una perspectiva más positiva y menos estereotipada de lo que es el ser humano. Referidos postulados (de escuelas “europeas”) capturaban mi atención de modo especial por dos de sus características, la resiliencia como un proceso dinámico, (en palabras del pediatra Manciaux) y no solo como un catálogo de cualidades que se posee o no, y la segunda que nace generalmente dentro de un sistema afectivo que es propiciado por el establecimiento de lazos de apego: familia, sociedad, cultura. Esta última característica sugiere, que la resiliencia se explica mejor desde su estrecha relación con otras teorías que dan contundencia a esta mirada más humanista de lo que pueden llegar a ser los avatares de la vida, los eventos traumáticos, así como el aprendizaje que puede surgir de éstos. Las teorías a las que hago referencia son las del “attachement” o apego que tienen como mayor representantes a Bowlby y M. Ainsworth, aunque no fueron los únicos, Winnicott también desde su enfoque psicoanalista nos remarcó la importancia de las interacciones ordinarias madre y bebé, término que llamó la madre suficientemente buena, y que se trata básicamente del modo en cómo la madre porta, da cuidados, alimenta, habla a su bebé; todo ello con cierta regularidad y coherencia, lo que le permitirá al niño desarrollar una imagen buena de él y de la persona que le proporciona tales cuidados y afectos. Pero es Michael Rutter, quien continúa desarrollando estudios que entrelazan las teorías del apego con la resiliencia. En lo que concierne a Francia, la psicoanalista Françoise Dolto, quien a través de su minuciosa observación en clínica con niños y las interacciones diarias que estos guardaban con sus madres, se percató de la importancia de la calidad de los intercambios afectivos, en la creación de la personalidad del niño.

Finalmente lo que quiero decir citando a estos autores, es que referirse a la existencia de apego en un pequeño y más si este es seguro, es vislumbrar la posibilidad de una personalidad segura de sí, que tiene un buen concepto de él mismo y de las capacidades y recursos que posee internamente. A hoy sabemos que dicha estima contribuye de gran manera a sopesar las dificultades de la vida, a emprender un proceso de resiliencia, como veremos más abajo.

Sin embargo las figuras que toman más peso en la asimilación de este concepto o mejor dicho proceso y a quien debemos un esclarecimiento y una puesta en cuestión de estas teorías, así como el surgimiento de otras líneas de investigación, son el pediatra Michel Manciaux y el neuropsiquiatra Boris Cyrulnik, ambos han trabajado en diversos estudios aportando entre muchas otras cosas la estrecha relación que guardan las teorías del apego con la resiliencia, sobre todo Cyrulnik.

Lo que me resulta apasionante de esta postura es la idea, una vez más, de que la resiliencia es un proceso, que ve sus primeros cimientos en la relación madre e hijo, la diada; lo que quiero decir con esto es que dicho proceso nace y se desarrolla en la intimidad, la frecuencia y naturalidad de los primeros intercambios, mas tarde se hará extensivo al sistema familiar y el medio social, escolar… Boris llama a ello una constelación de apego, donde todos estos subsistemas serían estrellas, en donde la estrella mayor es la figura con la que el niño estableció su primer lazo de afección.

La resilencia es pues, para este neuropsiquiatra y colaboradores, en términos simples o nada más simple, en palabras de él mismo: “el retomar el desarrollo después de una agonía psíquica”, pero no el mismo desarrollo, es uno diferente al que se hubiera tenido de no existir el “golpe”, el trauma. Para este también etólogo, después del evento traumático, cuando se retoma el curso de la vida, ya no se es la misma persona, por lo que el desarrollo toma otras vías y otras dimensiones. Lo que se explicaría mejor con una idea que leí en varios artículos, la cual hace referencia al crecimiento después del trauma.

Publicado por

Mila

Mujer soñadora, Psicóloga forense, pero sobre todo madre de 3 hijos de los cuales he sido màs alumna que maestra...

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