Prólogo al Apego

“Aime-moi, pour me donner la force de te quitter”


Fue el vals de las flores la banda sonora de tus primeros dos años, al ritmo de ésta te mecí entre mis brazos y en ellos te abrasé (esas llamas apasionadas y apasionantes redujeron a cenizas toda la espera de tenerte y la angustia que sano vinieras al mundo), y te abrazaba con todo el amor que cabía y rebosaba en mi alma. Un amor para aquel entonces ignoto, difícil de imaginar sentir y aun menos recibir de alguien cuya cabeza y cuerpo cabían en la extensión de mi brazo (quienes me conocen saben que no fui dotada de gran tamaño). Con agridulce nostalgia memoro aquel entonces, el de tus primero días. Yo cortada en dos y adolorida por todos los sitios nombrables y no de mi cuerpo, sin embargo mi alma experimentaba tal algarabía que fluían por mis venas y mis poros una incontrolable metamorfosis, misma que no sería capaz de describir en una cuartilla, pues al día de hoy me sigue trasformando.

Al ritmo de Tchaikovsky, un lazo se tejía y daba paso a otro y a otro… robusteciendo nuestros encuentros, y disipando la ansiedad de perfección que escondía mi inmadura maternidad, me deje llevar por esa ola de bien estar que me producía tenerte cerca de mi piel, prendido a mis senos colmados de vida y sosiego, poco imaginé que tanto placer podrían darnos aquella risible acumulación de grasa. Suerte que para aquel entonces, el de tus primeros días de vida, Barcelona era tan caliente, que tu piel y la mía solían reencontrarse tantas veces como tu demanda de alimento físico y emocional lo deseaban, y yo también anhelaba, porque estos afectos fueron tan recíprocos como necesarios. Era tal nuestra fusión, que antes de que tu llanto agudo alertara mi oído, que para aquel entonces fino a tu chillido se había vuelto, mi pecho lloraba de alegría con sólo imaginar el calor de tu boca palpando mi pezón erguido, o la caricia de tus pequeñas manos. En ellas que cabían todos mis sueños y alguna que otra pesadilla, pero todos gravitando en torno a tu delicada y vigorosa naturaleza.

Así pasaron los días, las semanas y tus primeros 3 meses y con ellos se forjaron un sinfín de momentos de toda naturaleza, pues como en toda relación, debimos conocernos y aprender a vivir juntos. Tú con aquello que la biología te había dado a modo de regalo, y lo que nosotros te ofrecimos: un nicho un tanto caótico, producto entre otras cosas, de nuestra reciente paternidad. En el que quizás la menos “afortunada” era yo; pues me recuerdo habitada por un mundo de dudas, en el que las representaciones escabrosas de mi infancia venían como olas tempestuosas sobre una playa donde todo era novedoso y completamente desconocido, y que sólo encontró descanso y quietud cuando tu mirada me vio por vez primera, y tus sonrisas no eran meros reflejos mientras dormías, fueron realmente dirigidas a mí, a mi rostro ojeroso y cansado. Tales eventos no puedo explicarlos mejor, que un modo poético que la naturaleza había encontrado para demostrarme que no estaba tan “equivocada” como lo suponía y que eso de ser mamá, estaba siendo una aventura arriesgada pero que iba por buen camino.

No tardaste en buscar con quien compartir la alegría que construíamos, y ese fue papá, quien impaciente pretendía que tu mirada por azar o por lo que fuese se encontrase con la suya, lo que él no se esperaba, es que para aquel entonces tu ya vislumbrabas su existencia; seguro que te resultaba familiar el tono de su voz, el olor de su piel, y aquella ansiedad que traspiraba cada fin de mes…

Al dirigir tu mirada hacia él, daba inicio la aventura de mirar a otros lados, de explorar otros mundos y vincularte a otras personas y objetos; desde esa promesa implícita de que nos amararíamos siempre, y afanadamente, pero con la libertad de ir y volver cuando así lo deseáramos. Que mis cuidados, las nanas que te cante, las noches y días que juntos buscamos soluciones que no existían, trazaron caminos en tu cerebro, crearon algo que quedo bordado, tatuado en él (y en el mío). Este amor nuestro y su rastro, estoy segura que te han dado alas y deseos para ir a indagar los tomates de la cocina; caminar cuesta arriba a los castillos de los Cátaros; descubrir tus primeras letras e igualmente la lectura, y con ayuda del dedo índice de tu mano el universo de Tintin. Responsable en gran medida tu osada imaginación y del hecho de sentirte poderoso y “muy fuerte”, lo suficiente como para que te guste el futbol y a mí no.

A tus casi 9 años, yo sigo de ti aprendiendo, y es que, los dos devenimos algo diferente pero necesariamente cercanos el mismo día, y aunque el tiempo ha hecho lo suyo, (pasar) todavía sigues viniendo a buscar mis brazos y jugar con mis cabellos, aun quieres que contigo me esté “un ratito más” por la noche, tal vez para saberte seguro y buscar sosiego cerca de mi pecho, (crecer se hace cada vez más complejo) o quizás sólo para reafirmarte en aquella promesa que te hice, de amarte mucho para que tengas la fuerza y el coraje de dejarme, de irte…

Publicado por

Mila

Mujer soñadora, Psicóloga forense, pero sobre todo madre de 3 hijos de los cuales he sido màs alumna que maestra...

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