Los hermanos, una relación tan compleja como excepcional

Dedicado a mis angelitos…


Los hermanos son ese espejo en que nos miramos y nos miramos y algo de ellos es nuestro y algo de nosotros les pertenece; son esos cómplices, aliados de juegos y aventuras que no escogemos de manera directa, sin embargo están presentes en nuestra vida influenciando el desarrollo de nuestra personalidad y en muchas ocasiones determinando incluso ésta.

Hoy sabemos que gran parte de nuestra personalidad se construye en los primeros años de vida (incluso desde nuestra gestación), seguido de nuestra infancia y consecutiva adolescencia; todo aquello que nos impregna durante este largo periodo de desarrollo nos permite devenir lo que somos. Es decir, la construcción de un individuo no es a partir de una sola causa, es pues una concatenación de factores como, quienes son nuestros padres, el nicho sensorial en que nacimos, el colegio al que fuimos, el numero de hermanos que tuvimos y si tuvimos hermanos lo que permite dar fondo, forma y volumen a las complejas capas de nuestra personalidad. Es pues este último factor en el que me gustaría profundizar en esta ocasión, los hermanos. Siempre apoyándome por toda esta vasta búsqueda científica y experiencia profesional, así como también abordando el tema desde una perspectiva sistémica y multifactorial, tal como lo demanda ser vista la relación entre los hermanos, más allá de la influencia de los padres.

Pues bien, cuando un niño vienen al mundo está envuelto por la historia de sus progenitores, su mundo sensorial será afectado (en las dos lecturas del término) y bañado por todo aquello real e imaginario que sus padres van a construir alrededor de él. Pero cuando un recién nacido viene al mundo y en él ya hay un vástago, el nicho afectivo y sensorial (constituido por sus padres y el hermano) que lo arropará es completamente diferente a aquel en que nació el hermano mayor. El neuropsiquiatra Francés B. Cyrulnik y otro psicólogos comparten la idea de que esto se debe a diversos factores, pero hay uno que destaca particularmente y es que afortunadamente no somos los mismos padres para cada hijo, dicho de otro modo devenimos otra versión de nosotros mismos cada que tenemos un hijo, por lo tanto esta variable jugará de un modo u otro en el sistema familiar. Con respecto a esta última idea, suele suceder que los padres de un segundo hijo ya no tienen la misma presión ni las mismas exigencias de perfección que tuvieron con su primogénito, de algún modo se las han trasmitido a éste, en intercambio (por decirlo de algún modo) el hijo mayor habrá gozado de las delicias de unos padres más cercanos, incluso más dedicados a mirar con lupa su desarrollo, lo cual repercutirá enormemente en su personalidad, como lo señalan vastos estudios relacionados con los hermanos, entre los que destacan los de la teoría del orden del nacimiento. Lo que quiero decir es que de algún modo los padres habrán ganado confianza en su rol, lo que permitirá a los consecutivos hijos y progenitores disfrutar de la aventura de una manera más natural, aunque igualmente compleja.

Pero ¿qué pasa en la dinámica de la familia y cómo se ve esculpida la personalidad de los hijos (y hermanos) cuando estos ya no están solo al resguardo minucioso de sus padres?

La psicólogos evolutivos y clínicos así como psicoanalistas, los cuales citaré a lo largo de esta entrada, han observado que son los hermanos quienes impregnan de “algo” sustancial las capas profundas de nuestra identidad; y es que la compleja y creciente relación que establecemos con ellos, tienen una significativa influencia en la construcción de nuestra personalidad; e incluso en nuestra manera en cómo nos vincularemos socialmente, nuestros logros académicos, etc., para el psicólogo Frank J. Solloway es el orden en el que nacemos lo que determinan ciertas características de ésta, y esto se debe a que cada niño “buscara las estrategias para ganar la atención de sus padres”, el modo que encontrará en muchas ocasiones es siendo lo puesto a su hermano mayor o bien encontrando un punto medio entre el resto de la fraternidad. A lo que otros psicólogos encuentran estos postulados un tanto deterministas, pues creen que si bien es cierto que el orden de nacimiento puede ser una influencia, existen otros factores de igual o mayor importancia como lo son el tamaño de la familia, el margen de edad entre los hermanos, el sexo de estos, el estilo de crianza adoptado por los padres, las condiciones del parto, entre otras muchas, como podría ser también el orden del nacimiento. Parece ser que todos estos factores dan pie a la formación del estatus fraterno que viene a ser la creación de un rol y una manera de ser distinta al resto de los hermanos, si el lugar del niño no queda claro dentro de esta dinámica, se luchará por tenerlo, es pues en este contexto donde los hermanos libran sus primeras batallas hacia la conquista de identidad, así lo cree y defiende el catedrático de terapia familiar Enrique Arranz.

                                                                                                                                                  Entre la fusión y la rivalidad

Por observación de mis hijos y discusiones en talleres con otras madres, he podido notar que la relación entre los hermanos atraviesa por diferentes momentos. La primera sería el anuncio y llegada del bebé, en muchas ocasiones para el hermano mayor el anuncio de tal evento crea ciertos miedos, entre los que destaca perder la exclusividad, pero sobre todo el amor de los padres, la base de seguridad donde se está construyendo. Para que este momento importante en el desarrollo de todo niño (y sistema familiar) se viva de la mejor manera posible (con los arañazos propios de cualquier otra etapa evolutiva) es necesario paciencia y amor incondicional hacia el primogénito. Una vez que el hijo mayor se hace a la idea de que tener un compañero de juegos tiene sus puntos positivos, viene la frustración, dada la inmadurez general del recién nacido, que además demanda mucho tiempo y los padres se ocupan arduamente de él, por suerte esta etapa tienen tiempo limitado y el bebe comienza a reaccionar de mejor manera a los estímulos que le rodean. Todo ello gracias a la adquisición de nuevas destrezas psicomotoras, para sorpresa de todos los miembros de la familia todo trascurre a una velocidad impresionante, pues tiene como referente al hermano o hermanos mayores. Los aprendizajes nacen de la interacción diaria, de los roces de ternura que se suscitan durante este periodo de cierta fusión. Son pues los momentos de juego y risas el escenario donde el hermano mayor es un modelo para el benjamín, éste le mira con cierta omnipotencia y por qué no decirlo también un rezago de jerarquía. Desde la perspectiva del Enrique Arranz este rose cotidiano, entre otros factores ya antes mencionados, van creando el estatus fraterno, la dinámica que vengo de describir explicaría por qué en diversos estudios se ve con frecuencia al primogénito como alguien más responsable y conservador. Arranz considera que esto se debe, a los valores trasmitidos por los padres, así como también por cierta delegación de autoridad del hermano mayor sobre el más pequeño, a lo que yo agregaría que esta delegación muchas veces no es explicita, sino una manera cómo funcionan muchas familias.

Lo que sí parece una constante en las familias, (así lo refieren otras madres y mi propia observación) es que entre hermanos se suscite una etapa de enternecedora fusión, pues ambos están en esa periodo de “encanto” y novedad. Esta simbiosis en muchas ocasiones dará pie al desarrollo de cierto instinto de protección y predicción en los hermanos mayores y en el caso de los más pequeños, estos se dejan llevar por la aventura y por los afectos que mantienen el recién instaurado vínculo entre ellos. Y es que este instinto de protección por el hermano menor se extiende incluso a nuestra propia autoridad como padres, mi hijo mayor se oponía rotundamente a que pusiera límites a su hermanita. En cuanto a la predicción, todavía más asombroso era el hecho de necesitar que mi primogénito me descifrara el leguaje pre-verbal de mi hija, pues solo el sabia el significado de ese conjunto de fonemas y de los gestos que le acompañaban, (será por ello que los hermanos mayores, en general tienen mejores capacidades lingüísticas, pues sirven de interlocutores entre padres y hermanos, así lo refieren varios estudios); así mismo en repetidas ocasiones era él quien escuchaba el primer chillido que anunciaba el fin de la siesta, o el minúsculo sonido de la tetina al caerse de la cuna. Es innegable que en muchas familias los hermanos mayores son ángeles, guías para sus hermanos pequeños e incluso héroes, pero como todo lo bueno tiene fecha de caducidad, o por lo menos eso pareciera.

Los hijos van creciendo y lo hacen a una velocidad exorbitante, y esta fantástica evolución propiciada por las interacciones entre hermanos y padres, así como con otros niños y ambientes, van esculpiendo la personalidad de cada cual. Llegado el momento esta fusión que se creó entre los hermanos, comienza a tambalearse: ya no se quiere ser igual al otro, o ser tratado en “igualdad” de condiciones o ser la extensión de alguien, se da pie a la  búsqueda de un lugar, de un estatus (como lo cree Arranz) dentro de la compleja entramada que es la familia. Diferenciarse del otro o los otros, no solo para mostrarse diferentes ante sus “homólogos”, lo que aquí está en juego es la mirada de los padres. Es quizás en este episodio de la relación donde entra en escena los “celos”; compartirlo todo resulta casi improbable, no se quiere estar en segundo plano, se mira con microscopio lo que damos y si lo damos en partes equitativas, ese momento donde los padres desesperamos y conocemos la parte menos amable de la relación entre hermanos, y nos reconocemos en ellos, probablemente con cierto rezago de nostálgica compasión vertida hacia nuestros progenitores.

Y es que la rivalidad entre hermanos, es tan mítica, tan histórica, tan trillada como necesaria…

Pues bien, la buena noticia es: la rivalidad y los celos aunque muchas veces difícil de sobrellevar para nosotros los padres, es parte indispensable de este vínculo de amor, el psicoanalista Francés Jaques Lacan le llamo hainamoration que traducido al español quería decir  “odioamoracion” (pierde cierto sentido por la traducción pero en francés hacen un juego de palabras), la idea de este psicoanalista versa en que, el lazo de hermandad reviste estos dos fuertes sentimientos, en el caso particular de los celos Arranz, menciona que los recientes estudios con hermanos han mostrado que los celos son elementos potencializadores del desarrollo intelectual, “además de ser un fenómeno natural, e incluso saludable”. Como vamos viendo no todo lo que nos han contado de la rivalidad y lo celos entre hermanos es tan nocivo.

Pero… ¿es realmente necesario atravesar por este periodo de rivalidad?

Los psicólogos coinciden que es importantísimo en la creación de la personalidad de cada miembro de la fraternidad; este estado de conflicto y competición perenes (que varía según las familias), donde las discusiones giran en torno al territorio y a quien es más fuerte o inteligente, es una manera de diferenciarse así como de romper la fusión que se haya instaurado entre ellos; a lo que yo adjuntaría la idea, de pasar a otro estadio de la relación y a partir de eso crear otros estilos de interacción y de juego. En mi experiencia con mis dos hijos mayores de 9 y 6 años y medio, que además son de sexos opuestos, se trata sobre todo de igualdad en la toma de decisiones, de que ya no exista jerarquía debida a la edad, y mucho menos se ponga en tela de juicio las habilidades físicas solo por la diferencia de sexos; el objetivo desde mi mirada es dar paso a una relación de complicidad donde cada uno tiene un rol importante, diferente o en algunos casos complementario. Jürg Frick profesor en psicología, explica este fenómeno como desidentificación, lo que consiste en construirse por la oposición los unos de los otros, yo voy más a la idea de que más fuerte fue la fusión entre hermanos, más grande es el deseo de continuar construyéndose pero desde otra perspectiva: lo singular, sobre todo a la mirada de los padres, pues en ocasiones somos nosotros que en nuestro afán de educar de manera igual, podemos estar prolongando la etapa de fusión y dando pie al aumento de la tensión entre ellos. Para Jurg Frick cuando la relación entre los hermanos da lugar a desmesurados celos y al maltrato físico o psicológico, son indicios que apuntan más a la relación que existe entre padres e hijos que entre hermanos, dicho de otro modo, es posible que los padres estén olvidando a uno de los hijos, o prefiriéndolo o comparándolo de manera exhaustiva.

Como hemos podido ver, la relación entre hermanos como cualquier que se establece entre los seres humanos tiene sus momentos de crisis y de gustosos aprendizajes, por lo que cada vez me agrada mas la idea, con respecto a que la rivalidad entre mis querubines es sinónimo de que su desarrollo va por buen camino, que ambos se construyen y que para atar un nuevo nudo de su relación es necesario romper esa fusión, individualizarse, desidentificarse o simplemente devenir él o ella misma.

¿Por qué reviste de tal fuerza esta relación?

A mi parecer son variados los mecanismos psíquicos, emocionales y sociales que se ponen en juego en el lazo fraternal por ello cada vez somos más los que creemos que este intercambio emocional, conducta y cognitivo «es un vínculo incluso tan fuerte como el que se crea con los padres” así lo expresa en un entrevista Marie Lauree Colonna psicoanalista jungiana. Siguiendo con esta idea de la multiplicidad de factores que nos ayuden a mejor comprender la fuerza de esta relación, yo destacaría en caso de los hermanos biológicos, el hecho de haber nacido de la misma madre. Desde la perspectiva del psicoanálisis junguiano, el efecto de haber morado el mismo vientre, (lugar arcaico de vínculo fraternal) crea en todos los hermanos la fantasía de ser pedazos de un mismo cuerpo, con respecto a esta imagen yo agregaría, que si bien es cierto cada embarazo es único y diferente hay cosas que son más o menos estables en la madre como lo es: la frecuencia y tono de su voz, su olor, el latir de su corazón y por supuesto su carga genética, los cuales se inscriben en la memoria de cada uno de sus hijos, creando un inconsciente colectivo y de algún modo afiliando a los hermanos. Otro de los factores a destacar es la premisa de que cuando nacemos contamos con un cerebro altamente maleable, en plena formación y creación neuronal, muchos de los aprendizajes que adquirimos del medio son dados a modo de regalo por nuestros hermanos. Como ya referí anteriormente, son los juegos, las aventuras, las pequeñas discusiones, que se traman en esta dinámica que poco se asemeja a cualquier otro evento de nuestra vida, lo que dota de exclusividad y de gran riqueza evolutiva a estos años maravillosos, a lo que la psicóloga Francoise Peille, resume en una frase tan idílica como real, “la fuerza de esta relación radica en que se enlaza en tiempos inmemorables”.

Dos ultimas cosas a destacar, con respecto a la vigorosidad de la relación fraternal, la primera sería el medio familiar, los hermanos más y en algunos casos menos, crecen al resguardo de los padres y de las otras figuras que conforman su “constelación de apego” (los abuelos, tíos, amigos…), la fuente de amor de la que se nutren y cobijan éstos es la misma, es en este contexto donde se aprende a demostrar cariño, cooperación, solidaridad etc., de algún manera estas vivencias crean en ellos una impronta de afiliación que les hace más parecidos de lo que realmente osan ser. Y por último la identificación, el decir social que nos memora el lugar, la familia de la que formamos parte, el molde del que salimos, el parecido físico que heredamos, cuántas veces no escuchamos decir “como se parece a su hermano”, “parecen gemelas”, “eres igual a…”. Pues bien pese a todo ese afán de desidentificarnos, de romper filas, de devenir alguien aparte, singular, siempre habrá algo o alguien que nos devuelva de golpe a esos años, a esa casa, a ese ayer donde se fue niño, hermano, cómplice de aventuras, compañero de cuarto, y un etcétera que cada quien puede imaginar, y que puede ser tan agridulce como entrañable. 

Más allá de todo lo aquí propuesto, oso pensar que para muchos de nosotros la relación con nuestros hermanos, han sido momentos únicos e irrepetibles de nuestra biografía, y ¿cómo no serlo? con toda esa belleza y complejidad evolutiva en la que se tejió esta alianza; pues para muchos de nosotros fue un período maravilloso, de desborda imaginación y pujanza física, o llanamente porque este vínculo se gesto en “tiempos inmemorables”.

Publicado por

Mila

Mujer soñadora, Psicóloga forense, pero sobre todo madre de 3 hijos de los cuales he sido màs alumna que maestra...

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