Entre un allegro y una sonata: la empatía

“Il voit dans la rencontre de l’autre un moyen de s’élever, de grandir, de devenir pleinement humain”… Alexandre Jollie citando la idea de Hegel: la mirada del otro.

A lo largo de la historia de la humanidad se ha podido observar la coexistencia de dos fuerzas inherentes y muy posiblemente necesarias para sobrevivir: aquella que impulsa al hombre hacia la competición, la conquista de territorio, la superación personal y la otra, la que lo induce a la colaboración, al altruismo, la equidad, a resentir y comprender el mundo emocional y cognitivo del otro y en ciertos casos a ocuparse de su bienestar, esto que los psicólogos llamamos empatía y que ciertamente parece ser innata en el hombre, ha si lo demuestran varios estudios, entre los que destacan unos muy recientes llevados a cabo en Leipzig Alemania. El psiquiatra francés y psicoanalista Serge Tisseron comparte igualmente la idea de que la capacidad de empatía es inherente al hombre, sin embargo apunta que la estela de desastre y guerras que ha dejado a su paso éste, también han demostrado que está dotado, de una gran capacidad para meter la empatía en un profundo sueño, la buena noticia es que esta formidable destreza cognitiva, emocional y conductual se puede aprender.

Desde otra mirada, la de la etología, resulta asombroso que a pesar de considerarnos una especie superior al resto de los mamíferos, los cuales en reiteradas ocasiones se les ha llamado vestías y salvajes por sus modos y rituales de socialización, recientes estudios han venido a demostrar que tales cualidades o rasgos humanos como lo son la empatía, la cooperación, no son exclusivas del homo sapiens, y que forman parte del repertorio conductual y social de los primates y muchos mamíferos, como lo han mostrado los estudios del comportamiento moral realizados por el aclamado etólogo holandes Frans de Waal.

…la premisa de lo individual que gana lugar sobre lo colectivo…

A propósito de estas ideas, para quienes estudian al hombre en su globalidad y complejidad, les resulta inquietante, la premisa de lo individual que gana lugar sobre lo colectivo, en otras palabras, que en nuestro día a día la competición sea más solicitada que la colaboración, es decir que el peso de la cultura enfocada al consumo y el modo de vida vertiginoso de nuestra sociedad contemporánea centren sus recursos hacia lo individual y los logros personales, trayendo consigo el aislamiento, cierta indolencia que da paso a desconectar del universo propio y de aquellos que nos rodean, de algún modo romper con el espíritu de grupo, tan necesario para nuestra evolución.

Es dentro de este contexto social que propongo un mirar crítico, al sistema educativo y laboral; ambos favorecen la lucha de poder, y el desarrollo personal antes que el trajo en equipo; lo que va creando, entre otras cosas, un sentimiento de desinterés por el otro, de escasa o nada de tolerancia a los puntos de vista que difieran del propio, así como relaciones que poco superan un tímido saludo. Ese mismo efecto se hace todavía más evidente, con el auge de las nuevas tecnologías, que si bien es cierto han sido de gran ayuda en diferentes aspectos, desde mi parecer su uso poco mesurado y de placer inmediato, así como su flujo de información y de imágenes que apenas tenemos tiempo a digerir, refuerza este modo de “relacionarnos” superficialmente o virtualmente, dicho de otra manera frenan la intersubjetividad tan necesaria para que se dé pie a la interacción, la reciprocidad emocional y cognitiva, es decir la empatía. Para el psiquiatra Serge Tisseron, quien ha trabajado en profundidad ambos contenidos, la dificultad radica en que si se omite lo físico (ver al otro, sus gestos, el tono y ritmo de su voz etc.,) se impiden que ciertos mecanismo cerebrales indispensables en tan complejo proceso como lo es, “ponerse en el lugar del otro y sentir lo que el otro experimenta”, se pongan en marcha, esta ultima definición resulta muy similar a la propuesta por Jean Decety, investigador en ciencias afectivas y sociales.

 … el sentimiento de pertenencia a otro […] es positivo para nuestra salud en general e inteligencia…

La buena noticia es que, esta mirada hacia lo individual antes aludida coexiste, como ya he referido, y se interpone a nuestra naturaleza más bien tirada a lo social, a la fuerte necesidad de interacción, al dictar de nuestro funcionamiento biológico que nos impulsa, como un imperativo de supervivencia a vincularnos. Esta última idea se hace más observable en un bebé, o un niño biológicamente sano, si éste no cuenta con un nicho afectivo que le proporcione seguridad y si por el contrario, es privado de cualquier contacto humano, este aislamiento o indiferencia detiene o atrofia cualquier proceso de desarrollo, sobre todo si esto se da en los primeros años de vida, así lo demuestran múltiples estudios realizados a partir de la década de los 40, la postguerra y consecutivos años (J. Bowlby A Freud, D. Winnicott M. Aswort Ainsworth  ), los más actuales, aquellos efectuados por el neuropsiquiatra francés Boris Cyrulnik y colaboradores, los cuales se han beneficiado del uso de la neuroimagen. Es decir, para construir nuestra identidad es necesario vincularse, y que estas relaciones nos proporcionen seguridad física y afectiva y de este modo desarrollar el sentimiento de pertenencia y de autoestima. Se ha observado que el sentimiento de pertenencia a otro, es decir el formar parte de una familia o un grupo de amigos y simpatizar con ellos, es positivo para nuestra salud en general e inteligencia, pues estimula el aprendizaje, la memoria, regula el cortisol ya que segregamos hormonas de bien estar, mismas que promueven las relaciones calurosas e intimas entre otros múltiples beneficios. Por el contrario aislarnos de los otros, evitar la interacción, privarnos de intercambiar ideas, de crear experiencias y aprendizajes en grupo, algo que se vuelve común en nuestra sociedad contemporánea, nos enferma (estrés, ansiedad, depresión) y deshumaniza (guerras, radicalización, muerte, calentamiento global).

Todo lo antes referido, con sus matices y su dificultad ha demandado a los expertos en la conducta humana, un trabajo multidisciplinario. Afortunadamente cada vez más se da este magnífico performance donde diversas ramas se dan cita para estudiar, dar respuesta, y plantear nuevos cuestionamientos que respondan a la complejidad que supone el comportamiento social del hombre desde la etológica, así como la psicología social, pasando por la antropológica, filosofía y la práctica clínica. Todas ellas buscan explicar los mecanismos cognitivos, y conductuales, así como el peso de la cultura y la biología en lo que concierne entre otras cosas: a dar respuestas al porqué las relaciones humanas actuales suelen ser cortas y superfluas; segundo, cuáles son las consecuencias emocionales, sociales y físicas que se derivan de éstas, pero lo más importante y alentador de estas recientes investigaciones, es promover modelos de crianza así como de educación basados en vínculos vigorosos y seguros, e igualmente crear los medios y estrategias para hacerlos extensivos a todos los ambientes donde se vea involucrado este ser humano en constante construcción.

El círculo virtuoso y que relación guarda con los vínculos afectivos y la empatía

Continuado con la idea de los vínculos afectivos sería entonces necesario, profundizar en la importancia que tiene la relación entre una madre (o adulto de referencia) y su bebe, me refiero al apego, no hay que perder de vista que esta diada y del éxito que de ella se obtenga sentarán las bases para las próximas relaciones de este ser humano en construcción, es decir que proporcionará al niño la capacidad de “descentrarse de él mismo y poder representarse el continente emocional del otro”, en palabras del neuropsiquiatra Boris Cyrulnik. Esta relación padres e hijos (niño o cuidador) reviste tal importancia por el momento excepcional de desarrollo del bebé, (600 y 1000 conexiones por segundo durante los primero cinco años) lo que da pie, y si las condiciones del entorno así lo disponen a crear un circulo virtuoso, el cual se trata de la oxitocina que es segregada tanto en el cerebro del bebé, como en el de sus padres cuando estos interactúan, Ruth Feldman y Ilanit Gordon, fueron los pioneros en estudiar la correlación que existe entre esta molécula bioquímica y la relación padres e hijo, así como sus efectos positivos derivado de estos intercambios; que van desde la dicha, y el deseo de querer que se repita este estado de bienestar. Estos investigadores observaron que esta sustancia de la familia de los péptidos, va en aumento en los padres y su hijo conforme más intimidad y banalidad de los cuidados diarios se susciten entre ellos, es decir la única condición es una continua y amorosa interacción. Estos estudios entre otros muchos que les recomiendo, han mostrado que tanto la oxitocina, las endorfinas y la serotonina en cuanto son segregadas en nuestro cerebro facilitan las relaciones y los vínculos afectivos, aumentan la percepción de los sentimientos que el otro experimenta, pero sobre todo contribuye a formar las bases neuroanatomicas del cerebro increíblemente flexible del bebé; es decir las zonas que están estrechamente vinculadas con las emociones, la cognición, la capacidad de representación, y más tarde la memoria, la toma de decisiones, la conciencia del otro: la empatía. Estos mismos hallazgos y modelos teóricos, sustentados en avances en nueroimagen, igualmente se interesan en mostrar la importancia del respeto al mundo emocional del infante, es decir, si al niño se le autoriza la expresión de su mundo emocional y del pensamiento, que en muchas ocasiones puede diferir del de sus padres, se le modela en la diversidad de puntos de vista (plasticidad psicológica), para Serge Tisseron (psiquiatra y psicoanalista francés) una educación autoritaria, donde solo hay cabida para un lenguaje único y totalitario, impide el desarrollo de la empatía y la auto-empatía, dicho de otro modo frena por completo la capacidad de reflexión en el niño, la propia y la de sus iguales. Resumiendo estas ideas, la creación de un entorno seguro así como acompañar y guiar al niño en el conocimiento de sí mismo, le permitirá ser flexible a los sentimientos e ideas de sus próximos y por ende receptivo al mundo mental y emocional de éstos. Este poder discernir lo que pasa en su interior y lo que acontece en el mundo interior del otro, desde la perspectiva de Howard. Gardner, psicólogo estadounidense, se llama la inteligencia inter e intrapersonal, traducido a palabras simples estamos educando en la inteligencia emocional.

La empatía también se promueve, se motiva, se trabaja, se aprende

Otro evento a destacar, derivado de estas “recientes” investigaciones es pues, la popularización y divulgación de estos hallazgos al público en general, ya sea con formaciones profesionales, publicaciones, talleres, etc., lo que permite proponer herramientas y estrategias que no solo se limitan a la idea de intervención, o intentar erradicar la indiferencia, la violencia etc., lo que parece dar mejores resultados es promover y motivar, desde temprana edad esas capacidades innatas de querer el bien estar del otro, valorando primero el vinculo padres e hijos, y la importancia que tienen el conocimiento de nuestro mundo emocional, así lo ha demostrado el cambio de dirección desde hace un par de décadas de ciertos países nórdicos, con muy buenos efectos en salud mental y académicos. Estos países son un referente de modelo de educación y políticas que promueven una real conciliación familia-trabajo, modelos de educación que van más allá de la hiper-individualización, la constante competición, y estrés excesivo que frena el aprendizaje. Otro ejemplo es el “experimento” realizado en una periferia de parís (Gennevillieres), distrito caracterizado por múltiples problemas psicosociales, esta experiencia se inscribe en la idea un tanto ambiciosa, de cambiar por completo las condiciones tradicionales de una clase de maternal. El proyecto fue llevado a cabo por una joven maestra, Celine Alvarez, que mezclo varios niveles, empleando una pedagogía que impulsa a la autonomía y respeta las leyes naturales de aprendizaje y curiosidad de los niños, esta joven visionaria logró demostrar, para sorpresa de ella misma, que un ambiente de bondad, y de respeto a los ritmos en la adquisición del conocimiento de sus alumnos, favorece la autonomía, el aprendizaje y las habilidades psicosociales necesarias para la buena convivencia.

Otro modelo es el propuesto por el psiquiatra Francés, Serge Tisseron cuyos trabajos en empatía están teniendo mucho eco en Europa, cabe mencionar que su visión en este concepto es un tanto más compleja que la derivada de las escuelas norteamericanas. Su éxito radica en la práctica de un juego de roles (“les trois figures”) de su autoría, el objetivo de esta actividad lúdica, es promover en los niños desde temprana edad la capacidad de moverse en varios registros emocionales, (a través de una historia propuesta por ellos mismos, muchas veces con contenido violento) es decir poder saber posicionarse en los diferentes roles que el juego propone y que se adaptan a la historia previamente construida. Los resultados están siendo interesantes no solo en el ambiente de clase, donde se observan que los alumnos son más solidarios, esperan con mayor paciencia su turno, están más dispuestos a denunciar ante un adulto algún acto violento, es decir, experimentan una empatía mas cognitiva y activa. En el caso de los maestros, hay cierto cambio de visión con respecto al alumno, este inviste toda la dimensión de ser humano, con su historia y repertorio de vivencias, lo que permite una mejor comprensión de su persona. Parece ser que el hecho de representar (jouer- jugar) los tres papeles permite experimentar en gran medida la dimensión emocional de cada personaje y por ende modificar la manera de mirar a quienes les rodean.

En estos tres ejemplos citados se observa la importancia de promover la convivencia respetuosa y cooperativa, pues modifica entornos, y las personas que lo conforman. Para Nicholas Christakis, sociólogo y científico renombrado, los comportamientos altamente positivos se contagian, él explica: “el comportamiento bondadoso, y cooperativo de una persona puede influenciar positivamente hasta cuatro niveles de personas en el seno de una red” es decir que nuestra conducta amorosa e interesada hacia los demás tiene un impacto incluso en aquellas personas que no conocemos, como lo refiere Celine Álvarez en su libro “les lois naturelles de l’enfant”, lo cual es altamente excitante y esperanzador para todos aquellos que trabajamos por un entorno más caluroso.

Resumiendo, estamos dotados biológicamente para ser seres compasivos, interesados por el bien estar del otro, ese aquel que nos es indispensable para existir, esa es la trampa (por decirlo de algún modo) de nuestra condición humana, y de nuestra intersubjetividad, dado que situarnos en el lugar del otro, también supone exponer nuestro yo mas intimo, el que concierne a nuestras emociones e ideas más recónditas, lo cual no semeja ser nada sencillo, por suerte contamos con una plasticidad cerebral que nos permite aprender y reaprender para mejorar y si es necesario concebir modos más armoniosos y respetuosos de vivir juntos. La clave, una vez mas está en la infancia, dicho de manera llana, mientras más precoces sean los vínculos de ternura y banalidad cotidiana, se estará favoreciendo este imperativo biológico, y más sencillo será este pasaje al acto, “descentrarse de uno mismo y sumergirse en el continente mental y emocional del otro”, posiblemente estamos hablando de crear seres dotados de valentía colosal que corran el riesgo de interactuar, de intercambiar su mundo cognitivo y emocional, o sin presunción alguna, solo humanos que no tengan temor de dejarse afectar por el otro, en los dos usos de la palabra, hombres que escuchen su cometido biológico: vincularse, amar y dejarse amar…

“Estamos obligados a la alteridad es necesario dos hombres para hacer uno ” B. Cyrulnik

 

Publicado por

Mila

Mujer soñadora, Psicóloga forense, pero sobre todo madre de 3 hijos de los cuales he sido màs alumna que maestra...

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