El cerebro de la mujer y la maternida

« Une mère entourée affectivement et soutenue socialement offre de meilleurs bras» B. Cyrulnik 

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Más del 99 % del código genético de los hombres y las mujeres es el mismo, y sólo un mínimo porcentaje diferente. Curioso a mí parecer, que ante tal hallazgo radiquen los grandes contrastes, anatómicos, psicológicos, emocionales entre estos dos mamíferos, o más bello dicho, seres humanos. Pensar que esta desigualdad de 1% en gran medida se lo debemos a las hormonas, es fantástico, pero verisímil. Pues estas moléculas son quienes nos trasforman desde la gestación y juegan un rol preponderante en nuestra forma de ser, de pensar, de situarnos como mujeres y a ellos como hombres. Pues es gracias a esta diminuta discrepancia que se decide entre tener ovarios o testículos, entre tener altas dosis de testosterona o estrógenos, o en estar más preocupadas por descifrar el tono de voz y la mirada de mamá, que en ocuparnos de subir y bajar las escaleras, dando muestra del buen funcionamiento de nuestra motricidad larga. Pues si bien es cierto, desde que una niña nace está interesada por los contactos emocionales, las expresiones faciales, el tono de voz de quien la cuida, pero sobre todo hacerse ver y escuchar. Si la respuesta a esta demanda de amor es positiva refuerza su interés por interactuar y los lazos de apego se tornan una entramada robusta con su madre y su entorno. Lo antes descrito no insinúa de ningún modo, que los niños no se preocupen por el establecimiento del vínculo, sólo que dan muestra de otras destrezas, las cuales los hace tan encantadores, como diferentes de las niñas. En la niña esta búsqueda precoz, temprana de establecer contactos, es una necesidad de sus circuitos cerebrales, pues así se lo reclaman y lo consideran importante para su supervivencia, y no sólo la física y presente, sino que esta necesidad comprende una gama de diversos mecanismos que conformarán su personalidad y darán sentido a este complejo sistema neuronal y hormonal que somos las mujeres. De cierto modo, este desarrollo temprano de los circuitos dónde se gesta la inteligencia emocional, nos asiste para evitar el conflicto, pero no todo es dulzura en una niña que devendrá mujer, somos más obstinadas, jugamos más a dar órdenes, a la persuasión, (en el mejor de los casos), siendo nuestras aptitudes verbales nuestra arma “letal”. Lo que nos puede dar esa dosis de agresividad y “malicia”, tan necesaria para marcar territorio, escoger al mejor macho, cuidar aguerridamente nuestra cría….

Afortunadamente hoy en día, los estudios nos demuestran con suficiente certeza, que somos más susceptibles a las emociones de nuestro entorno, y todo lo referido con anterioridad no es mero discurso cultural. Parece ser que nuestro cerebro lleva millones de años perfeccionándose en estos circuitos neuronales, aquellos que guardan relación con la empatía, las relaciones sociales, la comunicación. Los mismos que han tenido y tienen una gran función a nivel evolutivo, pues son estos los que nos han ayudado como mujeres a gestionar grandes cambios, a evitar conflictos innecesarios… pero sobre todo a cuidar de nuestras crías de modo instintivo, o mejor dicho innato Por lo tanto, más allá de lo que se pueda decir o escribir acerca de la maternidad, hoy sabemos: es algo inscrito en nuestra biología como mamíferas, aunque también es cierto, no es todo lo que conforma a una mujer. Lo que resulta inequívoco, por lo menos a nivel cerebral, es que el embarazo y la consecutiva maternidad con todo lo que esto envuelve a nivel biológico, químico, físico, emocional, deja rastros, teje nuevos caminos, genera cambios, establece nuevas conexiones, deshace otras a nivel neuronal. Los científicos atribuyen tal metamorfosis al cambio en el metabolismo que experimenta nuestro cerebro debido a la acción de las hormonas durante y después del embarazo. Lo que después se traduce en modificaciones cognoscitivas y conductuales. Imaginar que hay estudios que muestran que con la regla, algunas mujeres experimentan un cambio de hasta un 25% de algunas de las partes de su cerebro. La regla como máximo dura 7 días, el embarazo cerca de 48 semanas, seguido del postparto, que poco se habla de él, sin embargo para muchas mujeres significa un replanteamiento de varios aspectos de su vida. Motivadas en gran medida por todos los cambios bioquímicos (ajuste de sus prioridades, donde el bienestar del recién nacido se torna un “imperativo biológico”) que se experimentan en este ciclo y que la gran mayoría lo vivimos en un silencio donde hay mucha bulla. Seguido, no menos sencillo esta la lactancia (o no) y la crianza del nuevo ser, cuya naturaleza lo hace necesariamente dependiente para ambas partes de la diada. Tal reciprocidad de dependencia, sensación que muchas madres refieren como “estar enamoradas”, explicaría mejor, que la depresión postparto sea menos frecuente en mujeres que dan pecho, duermen con su cría, interactúan de modo natural… Dicho de otro modo, todo aquello que ayude establecer un vínculo vigoroso con el bebé, y es que en tales procesos tenemos unas dosis extra de hormonas las cuales guardan estrecha relación con el amor y el goce, como son la oxitócina, prolactina y dopamina, esta última liada al placer y la recompensa.

Si bien es cierto, el cerebro de la mujer antes de llegar al embarazo, ya había experimentado otros momentos de fuerte irrigación hormonal, (intrauterino, pubertad infantil, pubertad). Sin embargo, sigue siendo éste, con su consecutivo devenir madre lo que más modificaciones genera a nivel cerebral, pues no es sólo lo biológico lo que se pone en escena, entran en juego un sistema de cambios y representaciones, ideas, afectos pasados y presentes, donde la cultura, la familia de origen, la pareja, toman o arrebatan un sitio en esta nueva escena de la vida de una mujer. Tal revolución de su estatus pasado, puede ser un trago amargo o dulce, desesperante o solitario, o bien un periodo que invite, por decirlo de modo romántico, a descubrir cualidades que se desconocían o a trabajar aquellas que estaban en cierto letargo y si bien va, a salir airosas de tal metamorfosis. Suerte que es el caso de muchas mujeres, entre ella Louann Brizendine, (psiquiatra estadounidense, pionera en el estudio del cerebro femenino), que en su libo: El cerebro femenino, nos conduce a descubrir, desde diferentes estudios y su práctica psicoterapéutica, los cambios impresionantes que acontecen durante este etapa, por referir algunos: mejora de la memoria espacial, mayor flexibilidad a los cambios y por ende mejor capacidad para adaptarse a éstos; su sentido del olfato y del oído se agudizan, y mejora su capacidad para hacer varias cosas al mismo tiempo y todo ello para proteger al bebé y garantizarle bien estar.

La manera armónica o no de ensamblar tantas partes, así como los soportes emocionales que se puedan tener al alcance, darán un todo más o menos dichoso, como bien sabemos dependerá de muchos factores que el ser madre sea una aventura fascinante, lo que sí es cierto es que la biología pone todo a nuestro servicio (no siempre y no para todas, y eso también es una realidad). Pero cuando las cosas se mesen de modo natural, ella nos prepara, nos manda mensajes de cuán capaces somos de crear, alimentar física y emocionalmente a nuestra cría, no por nada los dolores menstruales semejan a las primeras contracciones del parto, o tenemos senos que se “armonizan” con nuestros cambios hormonales, y en la parte psico-afectiva, somos más tiradas a la ternura, a la empatía, a saber leer emociones sin necesidad de las palabras, cualidades tan útiles al momento de la crianza de un bebe. Todo este mundo fascinante y “terrorífico” antes descrito, está a nuestra disposición, está inscrito en nuestros genes, pero sobre todo está ahí para que decidamos el momento a acceder a él. Es entonces, que me atrevería a decir, desde mi posición como mujer, que la maternidad es un don, don con lectura doble, pues se nos ofrece  (a modo de privilegio biológico) sólo a nosotras las mujeres, y somos sólo nosotras quienes lo ofrecemos a “otro” en forma de vida.    

Pintura: Diego Rivera

Publicado por

Mila

Mujer soñadora, Psicóloga forense, pero sobre todo madre de 3 hijos de los cuales he sido màs alumna que maestra...

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