Apego

“Aime-moi, pour me donner la forcé de te quitter” B.C


La mayoría de los investigadores (etólogos, psicólogos y sociólogos) coinciden en que, el apego sería entendido como el vínculo afectivo que se establece entre el bebe y la persona que le cuida, igualmente coinciden en que para que el niño desarrolle toda su inteligencia y potencial emocional es vital y necesario el establecimiento de este lazo de amor. Por estadística es la madre la principal figura de afecto, aunque cabe mencionar que el bebé puede vincularse con cualquier otra persona con la que guarde cierta cercanía emocional y regularidad temporal.

Más allá de posibles definiciones, siempre necesarias para concretar nuestro mundo de palabras, el apego es un proceso complejo y sistémico; lo que quiero decir con estos dos términos es lo siguiente: para que se establezca este lazo amoroso, la relación deberá desarrollarse dentro de un nido afectivo, mismo que se verá influenciado por diferentes causas: naturales o biológicas de los padres y del bebe, la carga afectiva y cultural, las condiciones del parto, la calidad de los primeros intercambios, etc. Esta complejidad a la que hago alusión, denota la importancia y la belleza de la relación de apego, la cual tiene su génesis, desde mi particular visión, en la concepción del bebé y que se entreteje con mayor fuerza los primeros tres meses de vida del niño.

Es pues el bebé a través de los diversos mecanismos biológicos, (la succión, el olor de su nuca, el llanto y su naturaleza indefensa pero atirante…) que da el primer paso para el establecimiento de esta diada. Son sus primeras horas de vida y consecutivos días, el escenario temporal, en los que el recién nacido se da a la tarea de explorar el cuerpo de su madre y de buscar el contacto con ésta. Todo con el fin de recabar información que le afirme que ese cuerpo corresponde a la persona que lo ha portado; el olor, la frecuencia de la voz, el latir de su corazón, serán los primeros elementos que lo aseguren. Boris Cyrulnik considera que esta información el bebe la necesita para constituir un sentimiento de familiaridad. Si ante esta exploración un tanto arcaica, pero extraordinaria, el recién nacido encuentra una respuesta favorable, la odisea se repetirá y perfeccionará a cada contacto, o no, si por desgracia la madre no está disponible, lo que puede deberse a diversos factores. Dicho de otra manera, el modo que el bebe utilizará en sus consecutivas aproximaciones, dependerá en gran medida del “cómo” la madre respondió a tal búsqueda de indicios de familiaridad. Es por ello de suma importancia dejar hacer y ser a la madre con su bebé los primeros momentos, re-empoderarla en su don de mujer y en sus capacidades biológicas para proteger a su cría. Esto no quiere decir dejarla sola, sino dejarlos a solas: madre y recién nacido para que la intimidad y la exploración se den.

Haciendo un poco de historia, los estudios que más impacto han tenido con respecto al apego se remontan a 1941, con Jonh Bowlby, a quien le fue pedido realizar una investigación acerca de los niños que vivían en los orfanatos de Inglaterra, y entre las observaciones finales, una de las más destacada fue: la importancia de los cuidados maternales para un desarrollo saludable del bebé. Rene Spitz quien consagro gran parte de su vida al estudio del desarrollo del bebe de 0 a 2 años, así como la relación madre e hijo, constató que toda privación de un ambiente afectivo, sobre todo los primeros días de vida del recién nacido, detiene el crecimiento y su consecuente desarrollo psicoafectivo, dicho de otro modo, destaca la importancia del otro (sobre todo en edades tempranas) para devenir uno mismo. Más tarde Mary Ainsworth sostiene la tesis que “la figura de vinculo actúa como una base de seguridad, para la exploración del mundo físico y social del niño”, e igualmente pudo corroborar que cada niño tenía su manera de disponer de su madre (como base de seguridad) para explorar su entorno y que el modo variaba o dependía de las diferencias personales de los niños que observó. Esta misma visionaria mujer realizó los ya conocidos experimentos, que ayudaron a clasificar los tipos de vínculos que pueden establecerse entre una madre (o figura de apego) y su bebé.

Han pasado cerca de 6 décadas desde que se comenzó a hablar con más seriedad del apego y de los beneficios que aporta a corto y largo plazo. Para alegría de muchos, existe más investigación al respecto, que han hecho entre otras cosas, corroborar estas visionarias teorías e ir todavía más lejos. Referida búsqueda nos ha permitido valorar la importancia de la mujer gestante, así como de proveerle un entorno emocional, psicológico y médico favorable durante y después del embarazo (aunque no en todos los casos sea posible), pues como señalé al inicio es ella por estadística y biología la que porta al bebe y provee los cuidados primarios. Así mismo hoy gozamos de información extraordinaria que pone en relevancia la figura del padre, ya no sólo como mero observador de la creación del vínculo o como soporte significativo para su mujer, incluso que puede ocuparse de la crianza de su bebé (o tomar el relevo en casos graves), y establecer lazos vigorosos con éste. Esta relación de apego revestirá otras características, ya que resulta evidente que los rituales y estilos afectivos, darán un cómo “particular”, por llamarlo de algún modo, con respecto al de la madre. Para hacer más gráfica esta idea, observar cómo una madre porta a su bebe con respecto al padre. Finalmente, en lo que están de acuerdo los investigadores es que, lo que el niño necesita es un alguien (papá, mamá, tía…) que les pueda proveer de confianza, amor, escucha, que le lo introduzca con dulzura al mundo que desconoce, un mundo lleno de estímulos a los que solo pueden dar sentido, las palabras y la cercanía física.

Otros de los resultados de recientes investigaciones nos dice que el niño una vez que establece un vínculo vigoroso con la figura que le proporciona seguridad emocional, es capaz de ir a explorar su entorno, buscar nuevas experiencias, e incluso comenzar a tejer otros vínculos con ese “otro” que le rodea. Por lo que no hay conductas autocentradas como morderse, o pegarse, tampoco se muestra agresivo o da señales de desbordada ansiedad ante la partida y retorno de su madre, todo lo contrario, está contento de volver a verla y tiene muchas ganas de compartirle los fragmentos de mundo que ha descubierto desde su partida. Dicho de otro modo, la pequeña ansiedad que experimenta ante la ausencia de su figura primaria la pone a su disposición y se sirve de ella para construir su mundo interno el de las representaciones afectivas, donde recrea la imagen de su madre, o bien busca algún objeto que pueda sustituirla en espera de que ésta aparezca, mecanismos que denotan confianza en la relación que se ha creado, entre otras cosas. Boris Cyrulnik se aventura a decir que esa pequeña frustración que produce la desaparición de la madre, ayuda al niño a construir su pensamiento, pues la idea de que ella existe mismo si no está presente, (simbolizar trabajo complejo de cognición), lo impulsa a crear otras experiencias en espera de que vuelva, dando pie a la creación de una personalidad segura, creativa, y con miras a la resiliencia, tesis principal de esta autor y de lo que hablaremos en otra entrada. 

Quizás uno de los datos más recientes con respecto a la privación del establecimiento de una relación afectiva madre e infante (figura primaria-niño), son los realizados con niños de orfanatos en Rumanía, en los que se evaluó y observó con ayuda de scanner y neuroimagen, sin equívoco alguno, atrofias cerebrales severas, causadas por el abandono afectivo al que fueron sometidos desde los primeros días de vida estos infantes, término que B. Cyrulnik llama “biología del aislamiento afectivo”. Este neuropsiquiatra asegura que la privación de una relación de vínculo produce un cambio significativo y observable en la biología y desarrollo del cerebro, además de los consecutivos deterioros físico (talla y peso son menores en niños que no han contado un nicho afectivo coherente y vigoroso) y cognitivo.

Recapitulando, la experiencia nos dice que el bebe que no cuenta con un ambiente afectivo para desarrollar todo su potencial, que no obtiene respuestas a sus demandas de contactos, que es abandonado a un mundo sensorial sin explicación alguna, que no se le habla directamente o no se habla cuando se está en presencia de él, tiene significativas probabilidades de un desarrollo deficiente y su devenir como adulto se vislumbre caótico emocionalmente. A condición claro de que pueda haber otro adulto o una institución que pueda servir como sustituto emocional y de tal manera contribuir a continuar su desarrollo, tema del que abordaremos en otra entrega.

Lo que nos lleva a concluir, valga la expresión, que el alimento afectivo también hace crecer física y emocionalmente, también es necesario para nutrir el cerebro, para facilitar las conexiones nerviosas, pero sobre todo para crear la posibilidad de una personalidad vigorosa, segura, que tolera la frustración, pues también la investigación nos muestra que un niño que fue amado los primeros tres años de su vida, tendrá mayores recursos emocionales para sopesar las dificultades que uno que no ha tenido esa posibilidad; que ante algún momento de crisis podrá rebotar y retomar “otro” desarrollo, y porqué no aprender otros modos de afrontar los momentos críticos.

Lo que sugiero con este desenlace, es que el apego guarda una gran relación con la resiliencia, un niño resiliente, (lo sugieren diferentes datos de diversas investigación en temas de resiliencia), fue un niño que tuvo una base seguridad que le ofreció amor y sentido de pertenencia, mismo que lo inspiró a explorar, a crear otros vínculos (constelación de apego), que lo acompañó a buscar otros tutores de desarrollo; que lo amó con la condición de ser libre para ir y volver del nicho, con la premisa de que llegado cierto tiempo tendría que volar y crear su propio devenir. Tomando la idea del psicoanalista francés Gerard Ostermann, finalmente de lo que se trata el apego es de una separación, pero depende en gran medida de nosotros el cómo de tal performance, ya que es evidente que para desatarse es necesario estar atado, desde la metáfora o desde la lectura literal del termino.

 

Prólogo al Apego

“Aime-moi, pour me donner la force de te quitter”


Fue el vals de las flores la banda sonora de tus primeros dos años, al ritmo de ésta te mecí entre mis brazos y en ellos te abrasé (esas llamas apasionadas y apasionantes redujeron a cenizas toda la espera de tenerte y la angustia que sano vinieras al mundo), y te abrazaba con todo el amor que cabía y rebosaba en mi alma. Un amor para aquel entonces ignoto, difícil de imaginar sentir y aun menos recibir de alguien cuya cabeza y cuerpo cabían en la extensión de mi brazo (quienes me conocen saben que no fui dotada de gran tamaño). Con agridulce nostalgia memoro aquel entonces, el de tus primero días. Yo cortada en dos y adolorida por todos los sitios nombrables y no de mi cuerpo, sin embargo mi alma experimentaba tal algarabía que fluían por mis venas y mis poros una incontrolable metamorfosis, misma que no sería capaz de describir en una cuartilla, pues al día de hoy me sigue trasformando.

Al ritmo de Tchaikovsky, un lazo se tejía y daba paso a otro y a otro… robusteciendo nuestros encuentros, y disipando la ansiedad de perfección que escondía mi inmadura maternidad, me deje llevar por esa ola de bien estar que me producía tenerte cerca de mi piel, prendido a mis senos colmados de vida y sosiego, poco imaginé que tanto placer podrían darnos aquella risible acumulación de grasa. Suerte que para aquel entonces, el de tus primeros días de vida, Barcelona era tan caliente, que tu piel y la mía solían reencontrarse tantas veces como tu demanda de alimento físico y emocional lo deseaban, y yo también anhelaba, porque estos afectos fueron tan recíprocos como necesarios. Era tal nuestra fusión, que antes de que tu llanto agudo alertara mi oído, que para aquel entonces fino a tu chillido se había vuelto, mi pecho lloraba de alegría con sólo imaginar el calor de tu boca palpando mi pezón erguido, o la caricia de tus pequeñas manos. En ellas que cabían todos mis sueños y alguna que otra pesadilla, pero todos gravitando en torno a tu delicada y vigorosa naturaleza.

Así pasaron los días, las semanas y tus primeros 3 meses y con ellos se forjaron un sinfín de momentos de toda naturaleza, pues como en toda relación, debimos conocernos y aprender a vivir juntos. Tú con aquello que la biología te había dado a modo de regalo, y lo que nosotros te ofrecimos: un nicho un tanto caótico, producto entre otras cosas, de nuestra reciente paternidad. En el que quizás la menos “afortunada” era yo; pues me recuerdo habitada por un mundo de dudas, en el que las representaciones escabrosas de mi infancia venían como olas tempestuosas sobre una playa donde todo era novedoso y completamente desconocido, y que sólo encontró descanso y quietud cuando tu mirada me vio por vez primera, y tus sonrisas no eran meros reflejos mientras dormías, fueron realmente dirigidas a mí, a mi rostro ojeroso y cansado. Tales eventos no puedo explicarlo mejor, que un modo poético que la naturaleza había encontrado para demostrarme que no estaba tan “equivocada” como lo suponía y que eso de ser mamá, estaba siendo una aventura arriesgada pero que iba por buen camino.

No tardaste en buscar con quien compartir la alegría que construíamos, y ese fue papá, quien impaciente pretendía que tu mirada por azar o por lo que fuese se encontrase con la suya, lo que él no se esperaba, es que para aquel entonces tu ya vislumbrabas su existencia; seguro que te resultaba familiar el tono de su voz, el olor de su piel, y aquella ansiedad que traspiraba cada fin de mes…

Al dirigir tu mirada hacia él, daba inicio la aventura de mirar a otros lados, de explorar otros mundos y vincularte a otras personas y objetos; desde esa promesa implícita de que nos amararíamos siempre, y afanadamente, pero con la libertad de ir y volver cuando así lo deseáramos. Que mis cuidados, las nanas que te cante, las noches y días que juntos buscamos soluciones que no existían, trazaron caminos en tu cerebro, crearon algo que quedo bordado, tatuado en él (y en el mío). Este amor nuestro y su rastro, estoy segura que te han dado alas y deseos para ir a indagar los tomates de la cocina; caminar cuesta arriba a los castillos de los Cátaros; descubrir tus primeras letras y la lectura, y con ayuda del dedo índice de tu mano el universo de Tintin. Responsable en gran medida tu osada imaginación y del hecho de sentirte poderoso y “muy fuerte”, lo suficiente como para que te guste el futbol y a mí no.

A tus casi 9 años, yo sigo de ti aprendiendo, y es que, los dos devenimos algo diferente pero necesariamente cercanos el mismo día, y aunque el tiempo ha hecho lo suyo, (pasar) todavía sigues viniendo a buscar mis brazos y jugar con mis cabellos, aun quieres que contigo me esté “un ratito más” por la noche, tal vez para saberte seguro y buscar sosiego cerca de mi pecho, (crecer se hace cada vez más complejo) o quizás sólo para reafirmarte en aquella promesa que te hice, de amarte mucho para que tengas la fuerza y el coraje de dejarme, de irte…

Resumen del Taller: La comunicación padres e hijos

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He aquí la continuación de mi última entrada, cabe mencionar que este apartado es mas didáctico y el contenido es de carácter psico-educativo, pues dentro de éste hay pautas y fondo teórico para hacer más gráfico el cómo estuvo constituido el taller.

Como primer punto me gustaría precisar que un taller es un momento de intercambio, y regularmente el aprendizaje se construye en grupo, los cuales deben ser pequeños, para garantizar un intercambio más fructífero y cercano. Hay un facilitador, él es quien conoce el tópico a tratar y su rol principal es completar la información que surja de la discusión, evitando en todo momento caer en la exposición de conceptos, algo no siempre fácil de lograr.

El objetivo del taller, fue encontrar las herramientas y estrategias para mejorar los intercambios padres e hijos a través de la empatía y la comunicación no violenta.

El trabajo se efectuó en tres grupos pequeños, los cuales debían ocuparse de temáticas diferentes:

  • ¿Cómo corregir conductas problema?
  • ¿Cómo pedir a los niños que reaccionen ante momentos como higiene, seguridad, dormir…?
  • ¿Cómo saber más de la vida cotidiana de nuestros hijos? (este último no fue abordado de modo explicito, por lo que lo tocaremos en otro momento)

 

Con el fin de hacerlo lo mas explicito posible, les anexo el archivo original, deseosa de que sea útil a su labor de padres, educadores, tíos… Espero igualmente sus comentarios y aportaciones. 

 Resumen de taller

Desearles felices fiestas

“A navidad, no tengo mas ganas de rosa, como no quisiera nieve en primavera. Amo de cada estación por eso que me da”. W. Shakespeare

 navidad, no tengo mas ganas de rosa, como no quisiera nieve en primavera. Amo de cada estación por eso que me da. W. Shakespeare
Chaumes en Brie (Reviera de Yerre)

Como este blog es uno de los tantos momentos que conforman mí día a día y dan sentido a la osada aventura de dejar vivo “algo” , les comparto la siguiente frase y mi fascinación por ellas, gusto que ya se dejó ver en mis diferentes entradas. Creo que la simpleza y belleza de un par de líneas pueden dejarnos mucho para la reflexión. Disfrutar pues de ella y de lo que les inspire.

Aprovecho igualmente estos días de festividad, para desearles mucha alegría. Que la magia que trasmiten los niños y la navidad, les haga un corto circuito en el alma, ella que también tiene su espacio en el cerebro y en la razón.

Pues bien, que estos momentos de cercanía física con los seres que les inspiran, sean  el “combustible emocional”, tan necesario para sopesar las peripecias del resto del año. Año que espero poder seguir escribiendo y ustedes leyéndome…

Felices fiestas!

Sugerencias bibliográficas

Les hago llegar las recomendaciones de esta semana. En esta ocasión, y con respecto al tema de la entrega pasada, les presento a Isabelle Filliozat. Ella es psicoterapeuta y escritora francesa, (casi todos sus  libros ya están traducidos al español). Trabaja desde hace 30 años acompañando a las familias en temas rel978849754553acionados con la labor de ser padres y la crianza amorosa y respetuosa hacia al niño (Education bienveillante), por decir algo concreto, pues su trabajo es mucho más vasto e interesante.

Personalmente me ha acompañado a descubrir el mundo emocional de mis hijos, y el mío, a sumergirme en mi interior y comenzar a cuestionarme el estilo de crianza heredado de mis padres; igualmente a trabajar la culpa por no ser una “madre perfecta” o una “súper mamá” (ambas están en un imaginario inalcanzable y causan mucha frustración). Así como a mejorar el modo de comunicarme con mis hijos e interesarme (buscando información) por los momentos evolutivos, que en muchas ocasiones son la razón de sus respuestas conductuales y “tormentas emocionales”. Este interés y búsqueda de comprenderles mejor, me ha motivado a compartir mis experiencias y aprendizajes con otros padres, siendo en parte voz y eco de esta “nueva” manera de ver al niño.

Por último les comento que sus libros, son una recopilación de su experiencia como psicoterapeuta, formadora y conferencista, pero sobre todo de su constante formación en temas de comunicación no violenta, educación positiva, todo respaldado en los avances de las neurociencias y psicología. Por lo que les sugiero su lectura, y digo a su favor, que el lenguaje contenido en sus libros es accesible y generalmente ilustrativo.

 

 

Más allá del lenguaje y la comunicación

“Le corps d’un petit est tellement l’objet de soins maternants, qu’on en oublie qu’il est sujet”. F. Dolto

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Hace unos meses trabajé en la elaboración de un taller acerca de “cómo mejorar la comunicación padres e hijos”, lo que me llevo a desenmarañar una serie de conceptos no tan fáciles de diferenciar, pero muchas veces necesarios para comprender mejor de lo que se habla y en este caso de lo que se escribe, he aquí el efecto de mi breve pero exhaustiva búsqueda.

Resulta apasionante y vasto el tema de la comunicación, así como la relación que existe entre el lenguaje, la cultura, el pensamiento y la conducta. En nosotros los humanos, en lo que respecta a lo biológico asombra la disponibilidad cerebral para adquirir el habla, debe ser por ello que tenemos dos zonas específicas que intervienen en este proceso, aunque tal performance guarda relación intima con otras zonas cerebrales. Tal hito evolutivo parece diferenciarnos de los animales, y nos hace comunes al resto de los seres humanos que poblamos el planeta. Pero la expresión verbal de la lengua (el habla) así como la capacidad de intercambiar ideas, compartir “eso” o “aquello” que sentimos o pensamos de manera que el otro comprenda, no es sólo un proceso biológico, o un logro en el desarrollo del bebé que devendrá hombre, es un complejo fenómeno en el cual interviene la cultura, el medio social, la familia, y los vínculos que el nuevo ser (recién nacido) teje con su entorno más cercano; así como la disponibilidad que sus cuidadores le faciliten para introducirlo al mundo de signos y significantes, silencios y pausas, gestos y mímicas que conforman su lengua. Pues gracias a este proceso que llamamos comunicación y su aliado el lenguaje, el pensamiento evoluciona, la memoria se trabaja y construye; se elaboran conceptos, se adquieren conocimiento y lo más significativo para muchos seres humanos, en el que me incluyo, podemos trasmitir eso que aprendemos, eso que hemos vivido e incluso podemos a través del lenguaje (muchas veces en su representación física, el escrito) hacer un metamorfosis de los eventos pasados, (remanier según Boris Cyrulnik) sobre todo si estos han sido traumáticos. Siguiendo esta idea de la metamorfosis, el hecho de comunicarnos, o poner palabras a lo que sentimos, pensamos y vivimos, nos consiente a los humanos presentar nuestro mundo más íntimo, emocional e incluso desconocido, a ese “otro” (interlocutor) que nos observa, nos escucha y en muchas ocasiones dirige nuestro discurso. Pero para que tal discurso tome sentido y congruencia, o mejor dicho, en la medida que podamos gestionar lo que decimos, las palabras se deben acompañar de ciertas pausas, entonación, ritmo y volumen de la voz, así como de la sintaxis propia de la lengua que se habla, pues solo así el mensaje será entendido o no.

Pero qué relación guarda el lenguaje con nuestra compleja y a veces difícil tarea de acompañar e introducir al mundo a nuestros hijos, de humanizarlos como diría Dolto. Desde los primeros meses de gestación, el oído se encuentra entre los órganones que se desarrollan con mayor rapidez, además el hecho de que el bebe se desenvuelve en un medio muy sonoro, facilita la evolución de este órgano y por consecuencia el sentido del oído. Eso explicaría mejor, que el feto, sobre todo los últimos meses de gestación, reacciona a diferentes sonidos externos, entre ellos la voz de sus padres. Es pues la lengua de la madre que se hace un hueco en el cerebro en plena formación del bebe, su tono y cambios de voz comenzarán a darle las primeras impresiones de quien lo porta y quizás podrá comenzar a representarse el mundo externo que lo aguarda (idea muy cercana a hipótesis pilar de F. Dolto). Una vez venido al mundo, hoy sabemos con certitud, gracias a las neurociencia (aunque con anterioridad se había escrito mucho al respecto), que el recién nacido para ser estimulado de manera natural y armónica necesita que se le hable, su cerebro se desarrolla a través de las interacciones cotidianas, de los intercambios afectivos, de los cuidados, la alimentación diaria… así pues, para que todo esto tome sentido en este ser humano en formación, es primordial la comunicación, las palabras y los gestos que acompañan estos intercambios. Es pues a través del discurso de su madre, padre y hermanos que el bebé descubre ese universo de estímulos casi desconocido. Cada cual desde su realidad, que no es la misma, formarán en ese bebé una idea de lo que le rodea,  de lo que él es, del lugar que ocupa dentro de la dinámica familiar y lo que se espera de él. Es también el lenguaje y las consecutivas palabras que dirigimos al bebé, lo que le impulsará a buscar la autonomía, a salir de la prisión que supone su cuerpo, y a crear sus primeras ideas del mundo. Boris Cyrulnik nos refiere que, cuando el niño aún pre-verbal comienza a señalar con el dedo, es indicio de que hablará, pero también es señal de que entiende cuando se le habla, que comienza a comprender la complejidad de la realidad en la que habita, pero sobre todo, que al señalar con el dedo nos lleva a descubrir eso que le interesa, que le gusta, que quiere comer etc. Dicho de otro modo, pone en manifiesto su deseo, el propio (valga la redundancia), ya no es la madre quien habla por él, es él quien se vuelve dueño de eso que mira, que señala, que le interesa, inicio de una autonomía que muchas veces se acompaña de los primeros pasos.

Continuando con esta idea del impacto de las palabras en la construcción de la personalidad del niño, Laurence Darcurt, (psicóloga clínica y psicoanalista) dice a propósito de esto, “las palabras que dirijamos al niño, aquellas palabras crean sentido para que él pueda llegar a ser sujeto de su historia”. Es pues el lenguaje con toda su riqueza, lo que puede impulsar o frenar el desarrollo del bebé; son entonces las palabras y el cómo las decimos lo que pondrá en escena la belleza de la autonomía, y cuando hablamos de autonomía, hacemos un llamado a eso que el niño piensa y siente por él mismo y de él mismo, lo que otros teóricos de la conducta también llaman autoconcepto y autoestima.

Es pues el lenguaje una forma más de acaricia, de corregir, de control en ambas lecturas, de invitar a la calma, a la introspección, la propia y la de ese otro que nos observa. Hagamos pues un “buen” uso de él y que sea una herramienta positiva para educar con amor, empatía y respeto de lo individual y singular que posee cada niño en construcción.  

En la siguiente entrega, les haré llegar algunas pautas contenidas en el taller referido al inicio y que fueron en parte el porqué de esta entrada. Esperando sean un soporte más accesible al momento de dirigirnos a nuestros hijos, o alumnos, o para mejorar simplemente nuestro modo de dirigirnos a los otros.

Obra de Frida Khalo

Sugerencias bibliográficas

 

El primer libro que me permito recomendar es: El cerebro femenino de Louann Brizendine. Ella es neuropsiquiatra, doctora en medicina pero sobre todo una mujer valiente y pionera en el estudio del cerebro de la mujer, el impacto que tienen las hormonas en nosotras y cómo éstas modifican nuestras cogniciones y nuestra conducta. Es por ello que invito a la lectura de este texto increíble, pues creo que es un tiempo de bonanza para muchas mujeres, sobre todo en temas de información. La belleza de este libro es que nos aporta descubrimientos científicos, además de la experiencia de la doctora Brizendine en psicoterapia, ambas cosas bien fusionadas en su contenido y estilo, lo que hace valiosa y accesible la información que aporta.

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Igualmente les dejo el vínculo de una entrevista, a modo de equilibrar o legalizar la balanza, el tema es: El cerebro masculino. De tal modo nuestro análisis será más objetivo y quizás nuestras relaciones con ese “otro” sea más afable y empática. https://www.youtube.com/watch?v=dyKU_5Kriws

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Para aquellos que como yo, les gusta leer desde diferentes enfoques, les dejo otro libro, Las diosas de cada mujer, Quizás complementará sus ideas, fomentará algunas dudas o simplemente encontrarán un refugio, donde dar respuesta a cuestiones de carácter inconsciente. Una mirada desde la comprensión de ciertos patrones internos que nos “dirigen” y motivan a ser de un modo y no de otro; según Jean Shinoda esto se debe a que en nosotros subsisten ciertas diosas dominantes. Esta reconocida psiquiatra, analista jungiana y prolifera mujer, nos conduce de la mano de la mitología y su practica en  psicoanálisis jungiano a descubrir aquellas otras representaciones que también puede caber en el universo de la mujer.

 

El cerebro de la mujer y la maternida

« Une mère entourée affectivement et soutenue socialement offre de meilleurs bras» B. Cyrulnik 

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Más del 99 % del código genético de los hombres y las mujeres es el mismo, y sólo un mínimo porcentaje diferente. Curioso a mí parecer, que ante tal hallazgo radiquen los grandes contrastes, anatómicos, psicológicos, emocionales entre estos dos mamíferos, o más bello dicho, seres humanos. Pensar que esta desigualdad de 1% en gran medida se lo debemos a las hormonas, es fantástico, pero verisímil. Pues estas moléculas son quienes nos trasforman desde la gestación y juegan un rol preponderante en nuestra forma de ser, de pensar, de situarnos como mujeres y a ellos como hombres. Pues es gracias a esta diminuta discrepancia que se decide entre tener ovarios o testículos, entre tener altas dosis de testosterona o estrógenos, o en estar más preocupadas por descifrar el tono de voz y la mirada de mamá, que en ocuparnos de subir y bajar las escaleras, dando muestra del buen funcionamiento de nuestra motricidad larga. Pues si bien es cierto, desde que una niña nace está interesada por los contactos emocionales, las expresiones faciales, el tono de voz de quien la cuida, pero sobre todo hacerse ver y escuchar. Si la respuesta a esta demanda de amor es positiva refuerza su interés por interactuar y los lazos de apego se tornan una entramada robusta con su madre y su entorno. Lo antes descrito no insinúa de ningún modo, que los niños no se preocupen por el establecimiento del vínculo, sólo que dan muestra de otras destrezas, las cuales los hace tan encantadores, como diferentes de las niñas. En la niña esta búsqueda precoz, temprana de establecer contactos, es una necesidad de sus circuitos cerebrales, pues así se lo reclaman y lo consideran importante para su supervivencia, y no sólo la física y presente, sino que esta necesidad comprende una gama de diversos mecanismos que conformarán su personalidad y darán sentido a este complejo sistema neuronal y hormonal que somos las mujeres. De cierto modo, este desarrollo temprano de los circuitos dónde se gesta la inteligencia emocional, nos asiste para evitar el conflicto, pero no todo es dulzura en una niña que devendrá mujer, somos más obstinadas, jugamos más a dar órdenes, a la persuasión, (en el mejor de los casos), siendo nuestras aptitudes verbales nuestra arma “letal”. Lo que nos puede dar esa dosis de agresividad y “malicia”, tan necesaria para marcar territorio, escoger al mejor macho, cuidar aguerridamente nuestra cría….

Afortunadamente hoy en día, los estudios nos demuestran con suficiente certeza, que somos más susceptibles a las emociones de nuestro entorno, y todo lo referido con anterioridad no es mero discurso cultural. Parece ser que nuestro cerebro lleva millones de años perfeccionándose en estos circuitos neuronales, aquellos que guardan relación con la empatía, las relaciones sociales, la comunicación. Los mismos que han tenido y tienen una gran función a nivel evolutivo, pues son estos los que nos han ayudado como mujeres a gestionar grandes cambios, a evitar conflictos innecesarios… pero sobre todo a cuidar de nuestras crías de modo instintivo, o mejor dicho innato Por lo tanto, más allá de lo que se pueda decir o escribir acerca de la maternidad, hoy sabemos: es algo inscrito en nuestra biología como mamíferas, aunque también es cierto, no es todo lo que conforma a una mujer. Lo que resulta inequívoco, por lo menos a nivel cerebral, es que el embarazo y la consecutiva maternidad con todo lo que esto envuelve a nivel biológico, químico, físico, emocional, deja rastros, teje nuevos caminos, genera cambios, establece nuevas conexiones, deshace otras a nivel neuronal. Los científicos atribuyen tal metamorfosis al cambio en el metabolismo que experimenta nuestro cerebro debido a la acción de las hormonas durante y después del embarazo. Lo que después se traduce en modificaciones cognoscitivas y conductuales. Imaginar que hay estudios que muestran que con la regla, algunas mujeres experimentan un cambio de hasta un 25% de algunas de las partes de su cerebro. La regla como máximo dura 7 días, el embarazo cerca de 48 semanas, seguido del postparto, que poco se habla de él, sin embargo para muchas mujeres significa un replanteamiento de varios aspectos de su vida. Motivadas en gran medida por todos los cambios bioquímicos (ajuste de sus prioridades, donde el bienestar del recién nacido se torna un “imperativo biológico”) que se experimentan en este ciclo y que la gran mayoría lo vivimos en un silencio donde hay mucha bulla. Seguido, no menos sencillo esta la lactancia (o no) y la crianza del nuevo ser, cuya naturaleza lo hace necesariamente dependiente para ambas partes de la diada. Tal reciprocidad de dependencia, sensación que muchas madres refieren como “estar enamoradas”, explicaría mejor, que la depresión postparto sea menos frecuente en mujeres que dan pecho, duermen con su cría, interactúan de modo natural… Dicho de otro modo, todo aquello que ayude establecer un vínculo vigoroso con el bebé, y es que en tales procesos tenemos unas dosis extra de hormonas las cuales guardan estrecha relación con el amor y el goce, como son la oxitócina, prolactina y dopamina, esta última liada al placer y la recompensa.

Si bien es cierto, el cerebro de la mujer antes de llegar al embarazo, ya había experimentado otros momentos de fuerte irrigación hormonal, (intrauterino, pubertad infantil, pubertad). Sin embargo, sigue siendo éste, con su consecutivo devenir madre lo que más modificaciones genera a nivel cerebral, pues no es sólo lo biológico lo que se pone en escena, entran en juego un sistema de cambios y representaciones, ideas, afectos pasados y presentes, donde la cultura, la familia de origen, la pareja, toman o arrebatan un sitio en esta nueva escena de la vida de una mujer. Tal revolución de su estatus pasado, puede ser un trago amargo o dulce, desesperante o solitario, o bien un periodo que invite, por decirlo de modo romántico, a descubrir cualidades que se desconocían o a trabajar aquellas que estaban en cierto letargo y si bien va, a salir airosas de tal metamorfosis. Suerte que es el caso de muchas mujeres, entre ella Louann Brizendine, (psiquiatra estadounidense, pionera en el estudio del cerebro femenino), que en su libo: El cerebro femenino, nos conduce a descubrir, desde diferentes estudios y su práctica psicoterapéutica, los cambios impresionantes que acontecen durante este etapa, por referir algunos: mejora de la memoria espacial, mayor flexibilidad a los cambios y por ende mejor capacidad para adaptarse a éstos; su sentido del olfato y del oído se agudizan, y mejora su capacidad para hacer varias cosas al mismo tiempo y todo ello para proteger al bebé y garantizarle bien estar.

La manera armónica o no de ensamblar tantas partes, así como los soportes emocionales que se puedan tener al alcance, darán un todo más o menos dichoso, como bien sabemos dependerá de muchos factores que el ser madre sea una aventura fascinante, lo que sí es cierto es que la biología pone todo a nuestro servicio (no siempre y no para todas, y eso también es una realidad). Pero cuando las cosas se mesen de modo natural, ella nos prepara, nos manda mensajes de cuán capaces somos de crear, alimentar física y emocionalmente a nuestra cría, no por nada los dolores menstruales semejan a las primeras contracciones del parto, o tenemos senos que se “armonizan” con nuestros cambios hormonales, y en la parte psico-afectiva, somos más tiradas a la ternura, a la empatía, a saber leer emociones sin necesidad de las palabras, cualidades tan útiles al momento de la crianza de un bebe. Todo este mundo fascinante y “terrorífico” antes descrito, está a nuestra disposición, está inscrito en nuestros genes, pero sobre todo está ahí para que decidamos el momento a acceder a él. Es entonces, que me atrevería a decir, desde mi posición como mujer, que la maternidad es un don, don con lectura doble, pues se nos ofrece  (a modo de privilegio biológico) sólo a nosotras las mujeres, y somos sólo nosotras quienes lo ofrecemos a “otro” en forma de vida.    

Pintura: Diego Rivera

Sugerencia bibliográfica

Para todos aquellos que se toman el tiempo de leerme, les hago llegar mis disculpas, pues en un principio tenía como objetivo una entrada escrita cada semana; les informo que no podrá ser del todo así, pero sí de modo regular. Esto se debe a que la ilusión de crear un blog nace al lado de otros proyectos igualmente importantes y vinculados entre sí, y que seguramente podré de algún modo compartir con ustedes. Lo que es cierto es que no imagine que los proyectos coetáneos tendrían tan buena aceptación, y menos; lo qué demandarían en tiempo, el cual ya había pensado dedicar a investigar, armonizar y finalmente plasmar con prudencia y calidad en los artículos del blog. Ese es mi afán, que cada uno sea una invitación a la reflexión y al dialogo entre ustedes y yo.

Dicho todo esto, tendremos que esperar unos días para dar lectura a mi siguiente entrega, pues trabajo en ella arduamente, les adelanto que es acerca de la maternidad, y que tendrá dos o tres partes. Creo que ser madres trasgrede diversos aspectos de nuestra vida como mujeres, y merece ser observado desde diferentes visiones y posturas. Pongo toda mi pasión y esmero, pues sé del interés que despierta dicho asunto.

Por último este cambio de planes, me permite poner en marcha otra idea (pensada con anterioridad) para hacer más amena su visita al blog, y se trata de ciertas recomendaciones de algunos de los libros que me fueron útiles para la realización de los textos pasados. Igualmente podrán ser artículos de investigación, documentales, todo ello esperando pueda servir de apoyo o refuerzo a su labor como padres y quizás sirva de vía para enriquecer sus conocimientos, y por ir más lejos, de sembrar la duda que propicie una discusión interna, que se haga extensiva a este espacio. Estaré gustosa de recibir sus comentarios.

Boris Cyrulnik, Los patitos feos

Eulalia Torras de Beà, La mejor guardería, tu casa. Criar saludablemente a un bebe

Dr : Catherine Gueguen, Pour une enfance Heureuse

Nacer

 

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“Faire naitre un enfant n’est pas suffisant, il faut aussi le mètre au monde » B. Cyrulnik

Todo es una sonata dentro del vientre de su madre, su voz, el latir de su corazón y los otros órganos del interior de ésta. Todos estos elementos conformaran la banda sonora de su génesis, de sus primeras conexiones nerviosas, que aun cuando no las recordara dejaran una huella, un rasgo en su inconsciente, y probablemente estarán dando forma a su temperamento. Muchos bebés desde lejos primeros meses de vida intrauterina dejan ver o “esconden” esa particularidad temperamental que cada cual tiene al nacer.  Lo demuestran, pruebas recientes de ultrasonido que nos dan, a modo de regalo, datos del mundo sensorial del bebe antes de nacer y con ello de sus respuestas a los diferentes estímulos, en prioridad la  voz, y el estrés de su progenitora.

Y siguiendo el curso de esa sonata onírica, llegado cierto tiempo, como por arte de magia hormonal, se decide a nacer, (otros no, pero eso es otra historia). Viene a este mundo, donde la temperatura es abrupta, (algunos pediatras dicen que el cambio es tan drástico como, poner a un hombre adulto desnudo, a una temperatura de O°C grados), además, es casi ciego, y tardará unos cuantos meses para adaptarse a esta nueva gravedad, a la luz que deslumbran sus ojos aún cerrados y adormecidos por la balada cálida que fue el vientre de su madre. Para él todo irrumpe de manera brusca y repentina, los ruidos, los olores, todo se confunde, entre llantos, risas y la voz un poco más grave de su madre, suerte que ella está ahí, para aliviar tan necesaria “miseria”. Sin embargo ese ser aparentemente frágil, dependiente y que invita a la ternura, no nace tan indefenso y tiene un cúmulo de sorpresas en potencia, y es que su sola concepción y desarrollo, hasta el momento aquel de su nacimiento, han sido una odisea. Este mismo ser arrugado y blanquecino es un guerrero y en el vientre de su madre ya ha librado unas cuantas batallas, y superado algunos obstáculos, el resultado es: un hermoso bebe, con un cerebro cuya perfección esconde una aguda inmadurez, pero al mismo tiempo asombrosa, maleable, con casi todas las neuronas que precisara para el resto de su vida, (cien mil millones de células nerviosas) pero con la necesidad de establecer conexiones, esa será la función de su “nuevo” entorno. Este nuevo mamífero, el más dependiente de su especie, necesitará alimento directo a su boca para nutrir su cuerpo, pero sobre todo, demandará un nido sensorial que le aporte la seguridad, los cuidados y el afecto, para que pueda desarrollarse armónicamente, y con mira hacia la autonomía. Pero para lograr sofisticada proeza, es tal el modo asombroso de cómo esta cableado su cerebro, buscará y necesitará atarse, unirse, establecer un vínculo robusto y vigoroso con esa persona que le cuidará, y le alimentará, por estadística, será su madre, quien a ritmo de nanas, caricias y cuidados lo llevara hacia a papá, (él también está equipado para la crianza de ese recién nacido, y no sólo lo dice la ciencia, lo han visto mis ojos). El padre más que un soporte para la mujer, será otra mirada por la cual, el recién nacido podrá ver ese mundo íntimo que conforman sus padres, el cual le servirá de guía para hacer más soportable la aventura de crecer. Juntos formarán un triángulo sensorial, con sus alianzas, sus rituales conscientes e inconscientes, que a modo de trasmisión serán los cimientos de las primeras interacciones sociales, humanas, y muchas veces sin tener conciencia plena, de lo que será su vida de adulto. No hay que perder de vista, que de lo qué se trata no es sólo de engendrar a un ser, es también introducirlo al mundo y qué mejor si es de manos que aseguren; qué mejor forma de hacer desarrollar su cerebro, (establecer conexiones nerviosas, desarrollar áreas cerebrales…) que nutrirlo de cuidados, de afectos, de proximidad cotidiana, natural, que lo vinculen amorosamente a un entorno rico en experiencias de todo tipo, pero en prioridad positivas, que continúen siendo los andamios donde se construye una personalidad robusta, flexible, empática, y por ende resiliente.

La compleja y hermosa tarea de los padres se resume (desde mi particular mirar) entonces: en que aquella sonata que comenzó en el vientre de su madre, no concluya en una melancólica balada en su infancia, sino en un hermoso allegro, a la libertad, a la autonomía, a la buena estima hacia él y su entorno.