La adolescencia

El adolescente dentro de esta nueva odisea evolutiva, tendrá que hacerse un lugar en el mundo de esos iguales que similar a él o ella atraviesan por algo parecido pero deseando diferenciarse.


La adolescencia es un verso a la libertad, pero no cualquier verso ni cualquier libertad. Es aquella que describirá a modo de rimas agridulces los venideros años de nuestra vida de adultos. Para Winnicott “se trata de un periodo de gran aspiración a la independencia”, aunque no todas las veces el joven tenga los recursos, ni la experiencia para tal performance, como nos los explica en su libro Anne Lefèvre.

Si bien es cierto nada es totalmente determinante en la vida de un ser humano, sí que hay cosas que dejan una huella profunda en nuestro devenir, los primeros tres años de existencia, el inicio de nuestra vida en colectividad, pero es la llegada de la pubertad y su consecutiva adolescencia lo que va a enmarcar, por decirlo de algún modo, uno de los más grandes acontecimientos de nuestra existencia. Ya que son estos periodos con fuerte carga biológica y genética, así como psicosocial y cultural (la cultura juega un rol importantísimo en el cómo y la duración de la adolescencia) en los que el niño y la niña vivirán cambios que trastocarán su fisiología y su pensamiento; esa metamorfosis física y algo lenta que implica un momento de cierta pérdida para quien la vive, y al mismo tiempo de reorganización cognitiva, pues a ese nuevo cuerpo hay que dotarlo de una nueva representación, incluso una nueva identidad. Todo lo referido amerita ser observado desde otra perspectiva y no solo por su lado de conflicto.

…la parte biológico-genética se manifiesta y lo hace respondiendo a ciertos mecanismos bioquímicos presentes durante esta etapa.

La carga biológica y genética nos ofrece una respuesta a esta época de “caos”, de fascinante complejidad; la primera por el rediseño extraordinario que vivirá el cerebro del adolescente (poda de conexiones nerviosas, creación de otras, activación de nuevas áreas del cerebro…) y la segunda, se explicaría mejor desde la óptica, que la pubertad según si se es niño o niña se vive de modo no tan parecido; las diferencias ya antes mostradas durante la infancia se hacen más evidentes en esta fase. Pareciera que más allá del peso psicosocial y de lo esperado por la cultura a la que pertenezca el adolescente, la parte biológico-genética se manifiesta y lo hace respondiendo a ciertos mecanismos bioquímicos presentes durante esta etapa. Mientras que los chicos están más implicados en los juegos que involucran la fuerza, la competición entre ellos, así como el número de músculos que desarrollan, o aquellos jueguecillos de connotación sexual, todo ello en gran medida ocasionado por dosis elevadas de testosterona, misma que no solo repercute en los cambios físicos que experimenta su cuerpo, sino también participan en la  nueva definición de su realidad cognitiva y psicosocial. Por su parte las chicas, de manera general, están ocupadas por crear alianzas con sus pares, cuidar su aspecto físico, compartir secretos e intimidades de diversas índoles con sus amigas, parece ser que a mayor intimidad entre ellas, más se libera oxitocina, la cual conlleva no solo al delicioso placer de estar juntas sino que refuerza el deseo de conectarse; todo ello guarda una estrecha relación con el estrógeno ovárico que comienza durante la pubertad, como nos lo “cuenta” Louann Brizendine en su libro “el cerebro femenino”. Y lo más destacado y revelador es que las fantasías sexuales no es menester de los varones pues estas comienzan desde muy temprano en la adolescente, pero no tienen la misma connotación que con respecto a los chicos. Está claro que devenir biológicamente hombre y mujer, ocupa un espacio enorme en la vida de los jóvenes, pues trasgrede todos los aspectos de su vida.

…se habla de dos conquistas, aquella de la aventura sexual y la otra, no menos importante, la social.

Una vez más el cerebro, del hasta entonces niño, será esculpido por los cambios bioquímicos, así como por las experiencias que vivirá en grupo y en solitario, en la intimidad de sus contradicciones y de sus fantasías, en la complejidad de las relaciones que establecerá con sus iguales y con sus no tan iguales, pero ya no tan lejanos. Es una etapa privilegiada, el cerebro se rediseña, los aprendizajes adquiridos anteriormente pueden mejorarse e incluso cambiarse en su totalidad, gracias al constante flujo de información, a las conexiones que se establecen entre las neuronas y entre áreas del cerebro que solo se activan iniciado este momento.  

Una vez más la calidad de los vínculos que establecerá con esos otros que lo rodean serán de vital importancia no solamente para la consolidación de su personalidad incluso para un cambio de ésta. Algunos autores (D. Bainbridge, B. Egeland, M.H Ricks) se atreven a decir que si la aventura de crecer hasta el momento de la adolescencia no ha sido placentera o medianamente armoniosa, este momento puede significar un reajuste en ese modo de vivir y de percibir el mundo. Sobre todo se habla de dos conquistas, aquella de la aventura sexual y la otra, no menos importante, la social; dicho de modo coloquial, ambas corresponden a esa búsqueda, creación y establecimiento de una identidad (con todo lo complejo que esto implica y con su abordaje físico y psicosocial), pues el adolescente deberá alejarse de su base de seguridad, (en muchas ocasiones de modo definitivo) para establecer otras formas de vincularse, crear otros estilos afectivos. Dentro de esta nueva odisea evolutiva, tendrá que hacerse un lugar en el mundo de esos iguales que similar a él o ella atraviesan por algo parecido pero deseando diferenciarse.

A hoy sabemos que esta fuerte necesidad de establecer vínculos con sus pares, de alejarse de la mirada de los “grandes”, de participar en actividades artísticas, deportivas; de comprometerse en un ONG, y en algunos casos incluso, presenciar el surgimiento de grandes ideas creativas y revolucionarias (Albert Eistein a 16 años surgen sus primeras nociones acerca de la relatividad; Mark Zuckerberg cofundador de facebook a los 22 años) es un imperativo evolutivo. Dicho de otro modo, desatarse de otros y vincularse con otros podrían ser una explicación, seguramente entre otras tantas, a una necesidad biológica, una estrategia del cerebro para conquistar nuevos dominios en lo que respecta a la cognición; análisis, abstracción y creatividad, pues entran en escena áreas del cerebro poco o nada utilizadas anteriormente (lóbulo temporal y frontal, corteza prefontal). Estas mismas zonas establecerán durante este periodo una vigorosa relación entre sí, no solo en lo que respecta a las capacidades intelectuales y la memoria, sino también a lo que concierne a las reacciones emocionales (y más tarde a la gestión de las mismas), las relaciones sociales, la empatía y la comunicación.

Estos periodos de “crisis” evolutiva, parecen ser tan caóticos como necesarios…

Una vez más, las neurociencias y su gran soporte a la psicología social y evolutiva, nos ayudan a mejor entender el comportamiento de los adolescentes y nos hacen notar que nada es en vano en sus reacciones y constantes cambios de humor. Estos periodos de “crisis” evolutiva, parecen ser tan caóticos como necesarios, pues solo de este modo es posible llegar a tener un cerebro evolucionado como el que ahora poseemos, como nos lo explica David Bainbridge, en uno de sus libros, “adolescentes una historia natural”. Por lo tanto, aquellos cambios bioquímicos que experimentan los chicos y chicas durante la pubertad, esa constante segregación de hormonas que esculpen sus cuerpos, y también sus cerebros, son responsables del caos maravilloso que no podemos ver en directo, pero que constituye un hito y de los más sublimes en el desarrollo del ser humano, como nos lo cuenta de manera emotiva Eduard Punset en su programa de divulgación científica: Redes (“la adolescencia nos hizo humanos”).

Toda la sociedad desempeñamos un papel clave durante este periodo

Me acerco al desenlace de esta entrega, que ha sido rica en búsqueda de información, y observación (en mi trabajo como profesora) y que me ha permitido esculcar en mis memorias de adolescente y porqué no, mejor comprender al ser humano que ahora soy, así como ser más empática al momento de vincularme y trabajar con estos seres en recreación y rediseño. Siendo lo siguiente compartir estos datos que he recopilado y a través de la divulgación de la información crear nuevos estilos de cómo aproximarnos y relacionarnos con estos personajes de “rareza” interesante, que inundan nuestras aceras y escuelas. Estoy plenamente segura que los intercambios que establezcamos con ellos durante esta etapa, sobre todo si son satisfactorios, serán un factor de protección y de resiliencia, dicho de otro modo, si el adolescente logra sentirse aceptado, respetado, comprendido, si encuentra un lugar y su lugar en su medio escolar y social, será más llevadera la metamorfosis evolutiva que experimenta. Logrando quizás trasformar esa energía desbordante en algo creativo, deportivo, artístico etc., con respecto a esta última idea, Winnicott considera que la independencia a la que aspira el adolescente no es total, pues necesita del medio social para devenir y el medio social a su vez necesita de esa perspicacia, exaltación y pensamiento creativo, a lo que yo agregaría que son ellos y su energía motivadora lo que hace mover la sociedad y por ende la cultura. 

Por lo que de nosotros depende en gran medida que estos versos a la liberta, a la autonomía, a la emancipación culminen con un magnífico poema que pueda ser memorado cada que la vida adulta con sus interminables responsabilidades nos intente demostrar lo contrario.

Crecimiento postraumático

Más allá del dolor está la resiliencia, la metamorfosis, el crecimiento postraumático


El caminante sobre la niebla, Caspar David Friedrich

Qué sigue después del evento traumático, qué hacer con este golpe y con lo que representa a nivel cognitivo, emocional y social; cómo retomar la “normalidad” después de la agonía que supuso el trauma o la acumulación de eventos dolorosos; qué factores involucran un proceso de resiliencia, qué papel juegan los lazos establecidos durante nuestra infancia, qué puede aportarnos la familia, el medio social y la cultura para retomar el curso de nuestra vida… de esto trata esta segunda entrada, de ir mas allá del concepto y la palabra, de poder comprender que la resiliencia es un proceso que involucra forzosamente al contexto, pareciera que para construirse y reconstruirse es necesario inmiscuir al otro, o dicho desde otra retorica “se necesita dos para hacer uno”.

Manciaux. Insiste en esta idea, misma que comparte con Cyrulnik, que la resiliencia es un proceso dinámico, y evolutivo, pero sobre todo destaca que no es absoluta o total, o que se adquiere una vez y así será para siempre. Al afirmarlo como un proceso dinámico y evolutivo, nos sugiere la reflexión de que no cabe la posibilidad de que sea lineal o una causa efecto, (omite cualquier idea de prodigiosidad) sino que depende de varios factores que pueden o no dar pie a este performance, como lo son: la naturaleza del trauma, el contexto, la etapa de la vida y la manera que la cultura autorice la expresión del dolor en cuestión. Por lo que la resiliencia desde la perspectiva de este pediatra francés se desarrolla en un escenario donde se necesita forzosamente de otro para poder llevarse a cabo.

Cyrulnik nos sugiere que para abordar el sujeto de la resiliencia, es necesario hacer hincapié en la importancia de diferenciar entre las pruebas de la vida, castraciones desde Dolto, frustraciones y crisis del desarrollo desde la psicología, y el trauma, y aquí podríamos extendernos en las diversas posturas… En lo que sí coinciden varios estudiosos en la materia, es que el evento traumático, detiene el curso normal de la vida de quien lo padece, en ocasiones lo despersonaliza, reviste dimensiones donde toda la personalidad del individuo está tocada y requiere de cierto tiempo para reponerse (vivir un duelo). Para Boris la manera o respuesta del cómo se afronte este momento traumático o “agonía psíquica” en palabras de él, será a condición de la existencia de diversos recursos, y de la accesibilidad que se tengan a éstos. Los recursos a los que hace referencia van desde los personales: aquellos que se han creado desde la infancia del niño y los del entorno más próximo, como lo es la familia, luego seguirían los amigos, contexto social y la cultura. Cada cual pondrá o no las condiciones para que el transe traumático sea o no, bien digerido. Cabe destacar que en muchas ocasiones, las condiciones ambientales no favorecen este proceso de resiliencia, y además pueden incluso entorpecerlo.

Boris Cyrulnik a estudiado a victimas que han atravesado eventos traumáticos de variada índole (guerra, aislamiento social, violaciones…), y ha observado que existen diversos momentos que pueden impedir o bien impulsar un proceso de resiliencia. Igualmente su trabajo conjunto con investigadores de diversas partes del mundo han planteado la posibilidad de medir la probabilidad de resiliencia en una persona y esto gracias a tres momentos claves, el individuo antes del “golpe” (coup) como se refiere de modo coloquial al evento traumático; durante: cuando se desarrolla el trauma, y después, cuando parece haber terminado, pero comienza la sintomatología postraumática o la reconstrucción.

Primero: la calidad de aquellos vínculos que el niño tejió en su infancia más temprana, dividiendo ésta en varios aspectos

El entorno afectivo y la memoria biológica: este instante hace referencia a la calidad de los vínculos que se establecen desde los primeros días de gestación, así como las interacciones que se tejieron durante los primero tres años de vida. Aunque el niño no va a recordar de modo consciente estas interacciones, hoy sabemos que la biología de su cerebro sí que se muestra seriamente modificada en caso de estar privado de tan necesarios y tempranos roses afectivos.

Mentalización: el bebe antes de acceder al mundo de la palabra como tal, se comunica, busca hacerse entender, desarrolla un universo preverbal que muchas veces es tutorizado y autorizado por sus padres. Más tarde cuando accede a la palabra, pero no la domina del todo, utiliza otros medios como el dibujo, el juego, el humor y se sirve de ellos para interactuar con su entorno, este modo de presentar su mundo interno a esos otros que conforman su cotidianidad da indicios de una personalidad segura de sí (característica encontrada las personas resilientes) y que además facilita la creación de otras relaciones fuera del entorno familiar.

Segundo: durante la agresión          

Se ha observado que existe menos síndrome postraumático mientras más lejano es el agresor. Cuando el agresor es alguien de la familia o muy cercano a ésta, existe mayor probabilidad de sintomatología ansiosa depresiva por parte de quien lo padece. Esto parece deberse al estado de incomprensión en la que es sometida la persona, tanto por la herida, así como por la ausencia de explicación del porqué se le ha hecho “tal” mal. Entonces no existe solo la vergüenza y culpa por lo acaecido, sino además el sentimiento de traición por aquel en quien se había confiado y querido.

Además no hay que perder de vista que cuando la agresión ha venido de algún miembro de la familia o cercano a ésta, en ocasiones lo sucedido es negado o en el peor de los casos se obliga a la víctima a callarlo, lo que acentúa el dolor y los sentimientos antes referidos, haciendo más difícil la puesta en marcha de un proceso de resiliencia. Lo que se quiere decir con esto, es que durante el evento traumático, hay que tomar en cuenta esta variable, entre otras muchas cosas claro está, para poder tener una idea de las condiciones en que se dará la resiliencia y en un medio terapéutico como tutorizar ésta.

Cuando la agresión viene de alguien lejano, reprender el camino se vislumbra menos difícil. Pues la persona puede hacer uso de diversos mecanismos de defensa, como racionalizar, o mirar las cosas en perspectiva, asirse de algo que pueda explicar las razones de lo acaecido, o bien hacer uso del mínimo de libertad que queda para decidir qué hacer con lo vivido y poner esto al servicio de un renacimiento.

Ultimo: Trasformar el horror en humor, o crear alguna cosa que lo vuelva más soportable de oír, leer…

Esta es mi parte favorita de la postura de resiliencia de Boris Cyrulnik y colaboradores. Y es que si durante el trauma uno logra sublimar el dolor, a condición de no negarlo puesto que el golpe está ahí, sigue haciendo daño, puede incluso doblarnos del mal que nos produce, pero si podemos escribir, dibujar, crear una pieza de teatro… dicho de otro modo, tomar distancia de eso que nos hace mal es un buen comienzo, un camino hacia lo que antes referí como el crecimiento postrauma. Esta toma de distancia se ha observado en victimas que han padecido graves y profundas heridas tanto físicas como emocionales. Ellas, desde la privación de la libertad, o durante el momento de horror, han desarrollado la capacidad de mirar las cosas en perspectiva, dando los primeros pasos para la reconstrucción de su ser. Viktor Frank, y Germaine Tillion, son ejemplos magníficos de resilencia y donde este punto se ejemplifica a la perfección, pues ambos casos fue durante su encierro que lograron hilar los primeros fragmentos de lo que sería su metamorfosis, y con su ejemplo consiguieron contagiar a quienes como ellos vivían el horror del encierro, las humillaciones, la privación de la libertad física, pero no aquella de su mundo interno.

  1. Después de la agresión:

El proceso de Resiliencia no requiere de ningún modo del olvido, mucho menos de reprimir, es necesario estar consciente que el recuerdo de lo padecido estará ahí hasta el final de nuestros días, es parte del proceso de devenir, pues uno es todo aquello que le pasa en la vida. Para Boris y análogos, hacer algo de ese momento trágico, de esa herida, es importante para la reconstrucción de la personalidad, para sublimar el sufrimiento. La idea de no quedarse sumiso ante la tragedia, no quedarse atrapado en el pasado, me parece una imagen fantástica, y afortunadamente estamos llenos de ejemplos de ello. Muchos de los grandes escritores, actores, compositores, activistas y psicólogos contemporáneos o no tanto, a través de sus escritos, composiciones, música, nos han dado la mejor cara del dolor, aquella de la creatividad, de la compasión, de la lucha. Pues han trasformado el horror que pocos están dispuestos a oír de sus bocas o en primera persona, en algo que todos queremos leer, escuchar, reírnos, formar parte y emocionarnos; de alguna manera nos han hecho participes de su metamorfosis y de la posibilidad de que se puede retomar la vida incluso cuando esta se rehusé a tomarnos la mano.

 

Resiliencia y apego, un vínculo seguro, una fusión extraordinaria

“El concepto de resiliencia ha acabado con la dictadura del concepto de vulnerabilidad” S. Tomkiewicz


Pensar en Resiliencia, no hace mucho tiempo, era inmediatamente evocar los primeros años de mi formación profesional, sobre todo porque algo de mi propia historia se veía inmediatamente atrapado al término. Para aquel entonces la idea más divulgada venía de las escuelas estadounidenses, y generalmente me impresionaba esa percepción un tanto mística y azarosa de referida terminología. Quizás dicha concepción se veía influenciada por la psicología tradicional, la enfocada a la prevención del trauma, la sintomatología derivado de éste, así como las posibles maneras de intervención. Explicado de otro modo, se creía que lo normal después de un evento catastrófico o traumático era la aparición de síntomas ansioso-depresivos o en el peor de los casos psicopatologías derivadas de estos estados, por lo que todo aquel que saliera indemne, o que presentara una reacción diferente a lo esperado era concebido como raro o particularmente dotado de alguna fuerza interior superior a la norma. Por lo tanto la resiliencia era concebida como un catálogo de cualidades que ciertas personas tenían para sobrepasar los embates de la vida y retomar el curso de ésta ilesos.

Sin embargo también recuerdo modelos más optimistas, como la psicología humanista de Roger o la logoterapia de Viktor Frankl, que de manera indirecta hacían eco a este término, ambas apuntan a las características innatas del ser humano, o la voluntad de encontrar un sentido ante la adversidad y de reponerse no solo a los eventos más o menos dolorosos de la vida (sucesos que forman parte de la evolución de cualquier ser humano) sino también de aquellos embates que pueden vulnerar de manera profunda su mundo interno.

Pero es la psicología positiva, teniendo como gran representante a Seligman, quien me trastoca el espíritu hacia una búsqueda de nuevos modelos que enfaticen más en las emociones positivas y fortalezas del ser humano, así como en los mecanismos que éste emplea para salir a flote de la adversidad así como servirse de ella para aprender y evolucionar. Esta innovadora visión del ser, me resultó no solo interesante, además de menos mágica y emocionalmente más inteligente, puesto que permite mirar al hombre como un ser no lineal o normado; y que si bien es cierto es muy posible que ante el evento traumático se muestre perturbado, sin embargo con el devenir de los días puede retomar el curso de su vida. Esto se podría explicar, a que en su interior coexisten emociones tanto negativas (las provocadas por la pérdida o el trauma) como positivas, lo que quiero decir es que, podrá experimentar la tristeza y dolor (diferentes estudios de Folkman, Moskowitz, 2000; y Bonanno, así lo reflejan) y en paralelo, también mostrarse optimista por el avenir, e incluso reponerse del momento doloroso sin secuelas psicológicas, así como sacando provecho de éste.

Estos estudios hacen entre otras cosas, desmitificar la idea del trauma o de la víctima, en esta postura la experiencia adversa está presente, pero es el hombre protagonista, no la escena traumática o la crisis a sopesar, él es amo y señor de lo que decide hacer y sentir ante tal adversidad. Cabe mencionar que tal performance no lo realiza solo, pues en muchas ocasiones la fuerza interior que le permite vislumbrar otro después, está influenciada por diferentes factores que lo protegen o lo soportan. Aquí hago un guiño a la idea de Manciaux, (pediatra francés, el cual profundizaré más tarde), él considera que ante la dificultad, entra en escena la manera constructiva de cómo es abordada la dificultad, partiendo de la movilización de recursos tanto personales como del medio del individuo. Es pues esta configuración de factores (dificultad, modo de abordar, y recursos existentes) lo que hace posible entender la resiliencia como un proceso dinámico, que evoluciona hacia un aprendizaje, una metamorfosis o bien un crecimiento postraumático.

Muchos años más tarde en la continuación de mi formación académica y en la búsqueda de sentido de unas cuantas tragedias acumuladas en mi vida, me sumergí en la lectura de textos de otras posturas (autores franceses e ingleses) que empoderaban las ideas ya concebidas así como también la dotaban de cierto rigor clínico, científico y de una perspectiva más positiva y menos estereotipada de lo que es el ser humano. Referidos postulados (de escuelas “europeas”) capturaban mi atención de modo especial por dos de sus características, la resiliencia como un proceso dinámico, (en palabras del pediatra Manciaux) y no solo como un catálogo de cualidades que se posee o no, y la segunda que nace generalmente dentro de un sistema afectivo que es propiciado por el establecimiento de lazos de apego: familia, sociedad, cultura. Esta última característica sugiere, que la resiliencia se explica mejor desde su estrecha relación con otras teorías que dan contundencia a esta mirada más humanista de lo que pueden llegar a ser los avatares de la vida, los eventos traumáticos, así como el aprendizaje que puede surgir de éstos. Las teorías a las que hago referencia son las del “attachement” o apego que tienen como mayor representantes a Bowlby y M. Ainsworth, aunque no fueron los únicos, Winnicott también desde su enfoque psicoanalista nos remarcó la importancia de las interacciones ordinarias madre y bebé, término que llamó la madre suficientemente buena, y que se trata básicamente del modo en cómo la madre porta, da cuidados, alimenta, habla a su bebé; todo ello con cierta regularidad y coherencia, lo que le permitirá al niño desarrollar una imagen buena de él y de la persona que le proporciona tales cuidados y afectos. Pero es Michael Rutter, quien continúa desarrollando estudios que entrelazan las teorías del apego con la resiliencia. En lo que concierne a Francia, la psicoanalista Françoise Dolto, quien a través de su minuciosa observación en clínica con niños y las interacciones diarias que estos guardaban con sus madres, se percató de la importancia de la calidad de los intercambios afectivos, en la creación de la personalidad del niño.

Finalmente lo que quiero decir citando a estos autores, es que referirse a la existencia de apego en un pequeño y más si este es seguro, es vislumbrar la posibilidad de una personalidad segura de sí, que tiene un buen concepto de él mismo y de las capacidades y recursos que posee internamente. A hoy sabemos que dicha estima contribuye de gran manera a sopesar las dificultades de la vida, a emprender un proceso de resiliencia, como veremos más abajo.

Sin embargo las figuras que toman más peso en la asimilación de este concepto o mejor dicho proceso y a quien debemos un esclarecimiento y una puesta en cuestión de estas teorías, así como el surgimiento de otras líneas de investigación, son el pediatra Michel Manciaux y el neuropsiquiatra Boris Cyrulnik, ambos han trabajado en diversos estudios aportando entre muchas otras cosas la estrecha relación que guardan las teorías del apego con la resiliencia, sobre todo Cyrulnik.

Lo que me resulta apasionante de esta postura es la idea, una vez más, de que la resiliencia es un proceso, que ve sus primeros cimientos en la relación madre e hijo, la diada; lo que quiero decir con esto es que dicho proceso nace y se desarrolla en la intimidad, la frecuencia y naturalidad de los primeros intercambios, mas tarde se hará extensivo al sistema familiar y el medio social, escolar… Boris llama a ello una constelación de apego, donde todos estos subsistemas serían estrellas, en donde la estrella mayor es la figura con la que el niño estableció su primer lazo de afección.

La resilencia es pues, para este neuropsiquiatra y colaboradores, en términos simples o nada más simple, en palabras de él mismo: “el retomar el desarrollo después de una agonía psíquica”, pero no el mismo desarrollo, es uno diferente al que se hubiera tenido de no existir el “golpe”, el trauma. Para este también etólogo, después del evento traumático, cuando se retoma el curso de la vida, ya no se es la misma persona, por lo que el desarrollo toma otras vías y otras dimensiones. Lo que se explicaría mejor con una idea que leí en varios artículos, la cual hace referencia al crecimiento después del trauma.

Apego

“Aime-moi, pour me donner la forcé de te quitter” B.C


La mayoría de los investigadores (etólogos, psicólogos y sociólogos) coinciden en que, el apego sería entendido como el vínculo afectivo que se establece entre el bebe y la persona que le cuida, igualmente coinciden en que para que el niño desarrolle toda su inteligencia y potencial emocional es vital y necesario el establecimiento de este lazo de amor. Por estadística es la madre la principal figura de afecto, aunque cabe mencionar que el bebé puede vincularse con cualquier otra persona con la que guarde cierta cercanía emocional y regularidad temporal.

Más allá de posibles definiciones, siempre necesarias para concretar nuestro mundo de palabras, el apego es un proceso complejo y sistémico; lo que quiero decir con estos dos términos es lo siguiente: para que se establezca este lazo amoroso, la relación deberá desarrollarse dentro de un nido afectivo, mismo que se verá influenciado por diferentes causas: naturales o biológicas de los padres y del bebe, la carga afectiva y cultural, las condiciones del parto, la calidad de los primeros intercambios, etc. Esta complejidad a la que hago alusión, denota la importancia y la belleza de la relación de apego, la cual tiene su génesis, desde mi particular visión, en la concepción del bebé y que se entreteje con mayor fuerza los primeros tres meses de vida del niño.

Es pues el bebé a través de los diversos mecanismos biológicos, (la succión, el olor de su nuca, el llanto y su naturaleza indefensa pero atirante…) que da el primer paso para el establecimiento de esta diada. Son sus primeras horas de vida y consecutivos días, el escenario temporal, en los que el recién nacido se da a la tarea de explorar el cuerpo de su madre y de buscar el contacto con ésta. Todo con el fin de recabar información que le afirme que ese cuerpo corresponde a la persona que lo ha portado; el olor, la frecuencia de la voz, el latir de su corazón, serán los primeros elementos que lo aseguren. Boris Cyrulnik considera que esta información el bebe la necesita para constituir un sentimiento de familiaridad. Si ante esta exploración un tanto arcaica, pero extraordinaria, el recién nacido encuentra una respuesta favorable, la odisea se repetirá y perfeccionará a cada contacto, o no, si por desgracia la madre no está disponible, lo que puede deberse a diversos factores. Dicho de otra manera, el modo que el bebe utilizará en sus consecutivas aproximaciones, dependerá en gran medida del “cómo” la madre respondió a tal búsqueda de indicios de familiaridad. Es por ello de suma importancia dejar hacer y ser a la madre con su bebé los primeros momentos, re-empoderarla en su don de mujer y en sus capacidades biológicas para proteger a su cría. Esto no quiere decir dejarla sola, sino dejarlos a solas: madre y recién nacido para que la intimidad y la exploración se den.

Haciendo un poco de historia, los estudios que más impacto han tenido con respecto al apego se remontan a 1941, con Jonh Bowlby, a quien le fue pedido realizar una investigación acerca de los niños que vivían en los orfanatos de Inglaterra, y entre las observaciones finales, una de las más destacada fue: la importancia de los cuidados maternales para un desarrollo saludable del bebé. Rene Spitz quien consagro gran parte de su vida al estudio del desarrollo del bebe de 0 a 2 años, así como la relación madre e hijo, constató que toda privación de un ambiente afectivo, sobre todo los primeros días de vida del recién nacido, detiene el crecimiento y su consecuente desarrollo psicoafectivo, dicho de otro modo, destaca la importancia del otro (sobre todo en edades tempranas) para devenir uno mismo. Más tarde Mary Ainsworth sostiene la tesis que “la figura de vinculo actúa como una base de seguridad, para la exploración del mundo físico y social del niño”, e igualmente pudo corroborar que cada niño tenía su manera de disponer de su madre (como base de seguridad) para explorar su entorno y que el modo variaba o dependía de las diferencias personales de los niños que observó. Esta misma visionaria mujer realizó los ya conocidos experimentos, que ayudaron a clasificar los tipos de vínculos que pueden establecerse entre una madre (o figura de apego) y su bebé.

Han pasado cerca de 6 décadas desde que se comenzó a hablar con más seriedad del apego y de los beneficios que aporta a corto y largo plazo. Para alegría de muchos, existe más investigación al respecto, que han hecho entre otras cosas, corroborar estas visionarias teorías e ir todavía más lejos. Referida búsqueda nos ha permitido valorar la importancia de la mujer gestante, así como de proveerle un entorno emocional, psicológico y médico favorable durante y después del embarazo (aunque no en todos los casos sea posible), pues como señalé al inicio es ella por estadística y biología la que porta al bebe y provee los cuidados primarios. Así mismo hoy gozamos de información extraordinaria que pone en relevancia la figura del padre, ya no sólo como mero observador de la creación del vínculo o como soporte significativo para su mujer, incluso que puede ocuparse de la crianza de su bebé (o tomar el relevo en casos graves), y establecer lazos vigorosos con éste. Esta relación de apego revestirá otras características, ya que resulta evidente que los rituales y estilos afectivos, darán un cómo “particular”, por llamarlo de algún modo, con respecto al de la madre. Para hacer más gráfica esta idea, observar cómo una madre porta a su bebe con respecto al padre. Finalmente, en lo que están de acuerdo los investigadores es que, lo que el niño necesita es un alguien (papá, mamá, tía…) que les pueda proveer de confianza, amor, escucha, que le lo introduzca con dulzura al mundo que desconoce, un mundo lleno de estímulos a los que solo pueden dar sentido, las palabras y la cercanía física.

Otros de los resultados de recientes investigaciones nos dice que el niño una vez que establece un vínculo vigoroso con la figura que le proporciona seguridad emocional, es capaz de ir a explorar su entorno, buscar nuevas experiencias, e incluso comenzar a tejer otros vínculos con ese “otro” que le rodea. Por lo que no hay conductas autocentradas como morderse, o pegarse, tampoco se muestra agresivo o da señales de desbordada ansiedad ante la partida y retorno de su madre, todo lo contrario, está contento de volver a verla y tiene muchas ganas de compartirle los fragmentos de mundo que ha descubierto desde su partida. Dicho de otro modo, la pequeña ansiedad que experimenta ante la ausencia de su figura primaria la pone a su disposición y se sirve de ella para construir su mundo interno el de las representaciones afectivas, donde recrea la imagen de su madre, o bien busca algún objeto que pueda sustituirla en espera de que ésta aparezca, mecanismos que denotan confianza en la relación que se ha creado, entre otras cosas. Boris Cyrulnik se aventura a decir que esa pequeña frustración que produce la desaparición de la madre, ayuda al niño a construir su pensamiento, pues la idea de que ella existe mismo si no está presente, (simbolizar trabajo complejo de cognición), lo impulsa a crear otras experiencias en espera de que vuelva, dando pie a la creación de una personalidad segura, creativa, y con miras a la resiliencia, tesis principal de esta autor y de lo que hablaremos en otra entrada. 

Quizás uno de los datos más recientes con respecto a la privación del establecimiento de una relación afectiva madre e infante (figura primaria-niño), son los realizados con niños de orfanatos en Rumanía, en los que se evaluó y observó con ayuda de scanner y neuroimagen, sin equívoco alguno, atrofias cerebrales severas, causadas por el abandono afectivo al que fueron sometidos desde los primeros días de vida estos infantes, término que B. Cyrulnik llama “biología del aislamiento afectivo”. Este neuropsiquiatra asegura que la privación de una relación de vínculo produce un cambio significativo y observable en la biología y desarrollo del cerebro, además de los consecutivos deterioros físico (talla y peso son menores en niños que no han contado un nicho afectivo coherente y vigoroso) y cognitivo.

Recapitulando, la experiencia nos dice que el bebe que no cuenta con un ambiente afectivo para desarrollar todo su potencial, que no obtiene respuestas a sus demandas de contactos, que es abandonado a un mundo sensorial sin explicación alguna, que no se le habla directamente o no se habla cuando se está en presencia de él, tiene significativas probabilidades de un desarrollo deficiente y su devenir como adulto se vislumbre caótico emocionalmente. A condición claro de que pueda haber otro adulto o una institución que pueda servir como sustituto emocional y de tal manera contribuir a continuar su desarrollo, tema del que abordaremos en otra entrega.

Lo que nos lleva a concluir, valga la expresión, que el alimento afectivo también hace crecer física y emocionalmente, también es necesario para nutrir el cerebro, para facilitar las conexiones nerviosas, pero sobre todo para crear la posibilidad de una personalidad vigorosa, segura, que tolera la frustración, pues también la investigación nos muestra que un niño que fue amado los primeros tres años de su vida, tendrá mayores recursos emocionales para sopesar las dificultades que uno que no ha tenido esa posibilidad; que ante algún momento de crisis podrá rebotar y retomar “otro” desarrollo, y porqué no aprender otros modos de afrontar los momentos críticos.

Lo que sugiero con este desenlace, es que el apego guarda una gran relación con la resiliencia, un niño resiliente, (lo sugieren diferentes datos de diversas investigación en temas de resiliencia), fue un niño que tuvo una base seguridad que le ofreció amor y sentido de pertenencia, mismo que lo inspiró a explorar, a crear otros vínculos (constelación de apego), que lo acompañó a buscar otros tutores de desarrollo; que lo amó con la condición de ser libre para ir y volver del nicho, con la premisa de que llegado cierto tiempo tendría que volar y crear su propio devenir. Tomando la idea del psicoanalista francés Gerard Ostermann, finalmente de lo que se trata el apego es de una separación, pero depende en gran medida de nosotros el cómo de tal performance, ya que es evidente que para desatarse es necesario estar atado, desde la metáfora o desde la lectura literal del termino.

 

Prólogo al Apego

“Aime-moi, pour me donner la force de te quitter”


Fue el vals de las flores la banda sonora de tus primeros dos años, al ritmo de ésta te mecí entre mis brazos y en ellos te abrasé (esas llamas apasionadas y apasionantes redujeron a cenizas toda la espera de tenerte y la angustia que sano vinieras al mundo), y te abrazaba con todo el amor que cabía y rebosaba en mi alma. Un amor para aquel entonces ignoto, difícil de imaginar sentir y aun menos recibir de alguien cuya cabeza y cuerpo cabían en la extensión de mi brazo (quienes me conocen saben que no fui dotada de gran tamaño). Con agridulce nostalgia memoro aquel entonces, el de tus primero días. Yo cortada en dos y adolorida por todos los sitios nombrables y no de mi cuerpo, sin embargo mi alma experimentaba tal algarabía que fluían por mis venas y mis poros una incontrolable metamorfosis, misma que no sería capaz de describir en una cuartilla, pues al día de hoy me sigue trasformando.

Al ritmo de Tchaikovsky, un lazo se tejía y daba paso a otro y a otro… robusteciendo nuestros encuentros, y disipando la ansiedad de perfección que escondía mi inmadura maternidad, me deje llevar por esa ola de bien estar que me producía tenerte cerca de mi piel, prendido a mis senos colmados de vida y sosiego, poco imaginé que tanto placer podrían darnos aquella risible acumulación de grasa. Suerte que para aquel entonces, el de tus primeros días de vida, Barcelona era tan caliente, que tu piel y la mía solían reencontrarse tantas veces como tu demanda de alimento físico y emocional lo deseaban, y yo también anhelaba, porque estos afectos fueron tan recíprocos como necesarios. Era tal nuestra fusión, que antes de que tu llanto agudo alertara mi oído, que para aquel entonces fino a tu chillido se había vuelto, mi pecho lloraba de alegría con sólo imaginar el calor de tu boca palpando mi pezón erguido, o la caricia de tus pequeñas manos. En ellas que cabían todos mis sueños y alguna que otra pesadilla, pero todos gravitando en torno a tu delicada y vigorosa naturaleza.

Así pasaron los días, las semanas y tus primeros 3 meses y con ellos se forjaron un sinfín de momentos de toda naturaleza, pues como en toda relación, debimos conocernos y aprender a vivir juntos. Tú con aquello que la biología te había dado a modo de regalo, y lo que nosotros te ofrecimos: un nicho un tanto caótico, producto entre otras cosas, de nuestra reciente paternidad. En el que quizás la menos “afortunada” era yo; pues me recuerdo habitada por un mundo de dudas, en el que las representaciones escabrosas de mi infancia venían como olas tempestuosas sobre una playa donde todo era novedoso y completamente desconocido, y que sólo encontró descanso y quietud cuando tu mirada me vio por vez primera, y tus sonrisas no eran meros reflejos mientras dormías, fueron realmente dirigidas a mí, a mi rostro ojeroso y cansado. Tales eventos no puedo explicarlos mejor, que un modo poético que la naturaleza había encontrado para demostrarme que no estaba tan “equivocada” como lo suponía y que eso de ser mamá, estaba siendo una aventura arriesgada pero que iba por buen camino.

No tardaste en buscar con quien compartir la alegría que construíamos, y ese fue papá, quien impaciente pretendía que tu mirada por azar o por lo que fuese se encontrase con la suya, lo que él no se esperaba, es que para aquel entonces tu ya vislumbrabas su existencia; seguro que te resultaba familiar el tono de su voz, el olor de su piel, y aquella ansiedad que traspiraba cada fin de mes…

Al dirigir tu mirada hacia él, daba inicio la aventura de mirar a otros lados, de explorar otros mundos y vincularte a otras personas y objetos; desde esa promesa implícita de que nos amararíamos siempre, y afanadamente, pero con la libertad de ir y volver cuando así lo deseáramos. Que mis cuidados, las nanas que te cante, las noches y días que juntos buscamos soluciones que no existían, trazaron caminos en tu cerebro, crearon algo que quedo bordado, tatuado en él (y en el mío). Este amor nuestro y su rastro, estoy segura que te han dado alas y deseos para ir a indagar los tomates de la cocina; caminar cuesta arriba a los castillos de los Cátaros; descubrir tus primeras letras e igualmente la lectura, y con ayuda del dedo índice de tu mano el universo de Tintin. Responsable en gran medida tu osada imaginación y del hecho de sentirte poderoso y “muy fuerte”, lo suficiente como para que te guste el futbol y a mí no.

A tus casi 9 años, yo sigo de ti aprendiendo, y es que, los dos devenimos algo diferente pero necesariamente cercanos el mismo día, y aunque el tiempo ha hecho lo suyo, (pasar) todavía sigues viniendo a buscar mis brazos y jugar con mis cabellos, aun quieres que contigo me esté “un ratito más” por la noche, tal vez para saberte seguro y buscar sosiego cerca de mi pecho, (crecer se hace cada vez más complejo) o quizás sólo para reafirmarte en aquella promesa que te hice, de amarte mucho para que tengas la fuerza y el coraje de dejarme, de irte…

Resumen del Taller: La comunicación padres e hijos

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He aquí la continuación de mi última entrada, cabe mencionar que este apartado es mas didáctico y el contenido es de carácter psico-educativo, pues dentro de éste hay pautas y fondo teórico para hacer más gráfico el cómo estuvo constituido el taller.

Como primer punto me gustaría precisar que un taller es un momento de intercambio, y regularmente el aprendizaje se construye en grupo, los cuales deben ser pequeños, para garantizar un intercambio más fructífero y cercano. Hay un facilitador, él es quien conoce el tópico a tratar y su rol principal es completar la información que surja de la discusión, evitando en todo momento caer en la exposición de conceptos, algo no siempre fácil de lograr.

El objetivo del taller, fue encontrar las herramientas y estrategias para mejorar los intercambios padres e hijos a través de la empatía y la comunicación no violenta.

El trabajo se efectuó en tres grupos pequeños, los cuales debían ocuparse de temáticas diferentes:

  • ¿Cómo corregir conductas problema?
  • ¿Cómo pedir a los niños que reaccionen ante momentos como higiene, seguridad, dormir…?
  • ¿Cómo saber más de la vida cotidiana de nuestros hijos? (este último no fue abordado de modo explicito, por lo que lo tocaremos en otro momento)

 

Con el fin de hacerlo lo mas explicito posible, les anexo el archivo original, deseosa de que sea útil a su labor de padres, educadores, tíos… Espero igualmente sus comentarios y aportaciones. 

 Resumen de taller

Desearles felices fiestas

“A navidad, no tengo mas ganas de rosa, como no quisiera nieve en primavera. Amo de cada estación por eso que me da”. W. Shakespeare

 navidad, no tengo mas ganas de rosa, como no quisiera nieve en primavera. Amo de cada estación por eso que me da. W. Shakespeare
Chaumes en Brie (Reviera de Yerre)

Como este blog es uno de los tantos momentos que conforman mí día a día y dan sentido a la osada aventura de dejar vivo “algo” , les comparto la siguiente frase y mi fascinación por ellas, gusto que ya se dejó ver en mis diferentes entradas. Creo que la simpleza y belleza de un par de líneas pueden dejarnos mucho para la reflexión. Disfrutar pues de ella y de lo que les inspire.

Aprovecho igualmente estos días de festividad, para desearles mucha alegría. Que la magia que trasmiten los niños y la navidad, les haga un corto circuito en el alma, ella que también tiene su espacio en el cerebro y en la razón.

Pues bien, que estos momentos de cercanía física con los seres que les inspiran, sean  el “combustible emocional”, tan necesario para sopesar las peripecias del resto del año. Año que espero poder seguir escribiendo y ustedes leyéndome…

Felices fiestas!

Sugerencias bibliográficas

Les hago llegar las recomendaciones de esta semana. En esta ocasión, y con respecto al tema de la entrega pasada, les presento a Isabelle Filliozat. Ella es psicoterapeuta y escritora francesa, (casi todos sus  libros ya están traducidos al español). Trabaja desde hace 30 años acompañando a las familias en temas rel978849754553acionados con la labor de ser padres y la crianza amorosa y respetuosa hacia al niño (Education bienveillante), por decir algo concreto, pues su trabajo es mucho más vasto e interesante.

Personalmente me ha acompañado a descubrir el mundo emocional de mis hijos, y el mío, a sumergirme en mi interior y comenzar a cuestionarme el estilo de crianza heredado de mis padres; igualmente a trabajar la culpa por no ser una “madre perfecta” o una “súper mamá” (ambas están en un imaginario inalcanzable y causan mucha frustración). Así como a mejorar el modo de comunicarme con mis hijos e interesarme (buscando información) por los momentos evolutivos, que en muchas ocasiones son la razón de sus respuestas conductuales y “tormentas emocionales”. Este interés y búsqueda de comprenderles mejor, me ha motivado a compartir mis experiencias y aprendizajes con otros padres, siendo en parte voz y eco de esta “nueva” manera de ver al niño.

Por último les comento que sus libros, son una recopilación de su experiencia como psicoterapeuta, formadora y conferencista, pero sobre todo de su constante formación en temas de comunicación no violenta, educación positiva, todo respaldado en los avances de las neurociencias y psicología. Por lo que les sugiero su lectura, y digo a su favor, que el lenguaje contenido en sus libros es accesible y generalmente ilustrativo.

 

 

Más allá del lenguaje y la comunicación

“Le corps d’un petit est tellement l’objet de soins maternants, qu’on en oublie qu’il est sujet”. F. Dolto

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Hace unos meses trabajé en la elaboración de un taller acerca de “cómo mejorar la comunicación padres e hijos”, lo que me llevo a desenmarañar una serie de conceptos no tan fáciles de diferenciar, pero muchas veces necesarios para comprender mejor de lo que se habla y en este caso de lo que se escribe, he aquí el efecto de mi breve pero exhaustiva búsqueda.

Resulta apasionante y vasto el tema de la comunicación, así como la relación que existe entre el lenguaje, la cultura, el pensamiento y la conducta. En nosotros los humanos, en lo que respecta a lo biológico asombra la disponibilidad cerebral para adquirir el habla, debe ser por ello que tenemos dos zonas específicas que intervienen en este proceso, aunque tal performance guarda relación intima con otras zonas cerebrales. Tal hito evolutivo parece diferenciarnos de los animales, y nos hace comunes al resto de los seres humanos que poblamos el planeta. Pero la expresión verbal de la lengua (el habla) así como la capacidad de intercambiar ideas, compartir “eso” o “aquello” que sentimos o pensamos de manera que el otro comprenda, no es sólo un proceso biológico, o un logro en el desarrollo del bebé que devendrá hombre, es un complejo fenómeno en el cual interviene la cultura, el medio social, la familia, y los vínculos que el nuevo ser (recién nacido) teje con su entorno más cercano; así como la disponibilidad que sus cuidadores le faciliten para introducirlo al mundo de signos y significantes, silencios y pausas, gestos y mímicas que conforman su lengua. Pues gracias a este proceso que llamamos comunicación y su aliado el lenguaje, el pensamiento evoluciona, la memoria se trabaja y construye; se elaboran conceptos, se adquieren conocimiento y lo más significativo para muchos seres humanos, en el que me incluyo, podemos trasmitir eso que aprendemos, eso que hemos vivido e incluso podemos a través del lenguaje (muchas veces en su representación física, el escrito) hacer un metamorfosis de los eventos pasados, (remanier según Boris Cyrulnik) sobre todo si estos han sido traumáticos. Siguiendo esta idea de la metamorfosis, el hecho de comunicarnos, o poner palabras a lo que sentimos, pensamos y vivimos, nos consiente a los humanos presentar nuestro mundo más íntimo, emocional e incluso desconocido, a ese “otro” (interlocutor) que nos observa, nos escucha y en muchas ocasiones dirige nuestro discurso. Pero para que tal discurso tome sentido y congruencia, o mejor dicho, en la medida que podamos gestionar lo que decimos, las palabras se deben acompañar de ciertas pausas, entonación, ritmo y volumen de la voz, así como de la sintaxis propia de la lengua que se habla, pues solo así el mensaje será entendido o no.

Pero qué relación guarda el lenguaje con nuestra compleja y a veces difícil tarea de acompañar e introducir al mundo a nuestros hijos, de humanizarlos como diría Dolto. Desde los primeros meses de gestación, el oído se encuentra entre los órganones que se desarrollan con mayor rapidez, además el hecho de que el bebe se desenvuelve en un medio muy sonoro, facilita la evolución de este órgano y por consecuencia el sentido del oído. Eso explicaría mejor, que el feto, sobre todo los últimos meses de gestación, reacciona a diferentes sonidos externos, entre ellos la voz de sus padres. Es pues la lengua de la madre que se hace un hueco en el cerebro en plena formación del bebe, su tono y cambios de voz comenzarán a darle las primeras impresiones de quien lo porta y quizás podrá comenzar a representarse el mundo externo que lo aguarda (idea muy cercana a hipótesis pilar de F. Dolto). Una vez venido al mundo, hoy sabemos con certitud, gracias a las neurociencia (aunque con anterioridad se había escrito mucho al respecto), que el recién nacido para ser estimulado de manera natural y armónica necesita que se le hable, su cerebro se desarrolla a través de las interacciones cotidianas, de los intercambios afectivos, de los cuidados, la alimentación diaria… así pues, para que todo esto tome sentido en este ser humano en formación, es primordial la comunicación, las palabras y los gestos que acompañan estos intercambios. Es pues a través del discurso de su madre, padre y hermanos que el bebé descubre ese universo de estímulos casi desconocido. Cada cual desde su realidad, que no es la misma, formarán en ese bebé una idea de lo que le rodea,  de lo que él es, del lugar que ocupa dentro de la dinámica familiar y lo que se espera de él. Es también el lenguaje y las consecutivas palabras que dirigimos al bebé, lo que le impulsará a buscar la autonomía, a salir de la prisión que supone su cuerpo, y a crear sus primeras ideas del mundo. Boris Cyrulnik nos refiere que, cuando el niño aún pre-verbal comienza a señalar con el dedo, es indicio de que hablará, pero también es señal de que entiende cuando se le habla, que comienza a comprender la complejidad de la realidad en la que habita, pero sobre todo, que al señalar con el dedo nos lleva a descubrir eso que le interesa, que le gusta, que quiere comer etc. Dicho de otro modo, pone en manifiesto su deseo, el propio (valga la redundancia), ya no es la madre quien habla por él, es él quien se vuelve dueño de eso que mira, que señala, que le interesa, inicio de una autonomía que muchas veces se acompaña de los primeros pasos.

Continuando con esta idea del impacto de las palabras en la construcción de la personalidad del niño, Laurence Darcurt, (psicóloga clínica y psicoanalista) dice a propósito de esto, “las palabras que dirijamos al niño, aquellas palabras crean sentido para que él pueda llegar a ser sujeto de su historia”. Es pues el lenguaje con toda su riqueza, lo que puede impulsar o frenar el desarrollo del bebé; son entonces las palabras y el cómo las decimos lo que pondrá en escena la belleza de la autonomía, y cuando hablamos de autonomía, hacemos un llamado a eso que el niño piensa y siente por él mismo y de él mismo, lo que otros teóricos de la conducta también llaman autoconcepto y autoestima.

Es pues el lenguaje una forma más de acaricia, de corregir, de control en ambas lecturas, de invitar a la calma, a la introspección, la propia y la de ese otro que nos observa. Hagamos pues un “buen” uso de él y que sea una herramienta positiva para educar con amor, empatía y respeto de lo individual y singular que posee cada niño en construcción.  

En la siguiente entrega, les haré llegar algunas pautas contenidas en el taller referido al inicio y que fueron en parte el porqué de esta entrada. Esperando sean un soporte más accesible al momento de dirigirnos a nuestros hijos, o alumnos, o para mejorar simplemente nuestro modo de dirigirnos a los otros.

Obra de Frida Khalo

Sugerencias bibliográficas

 

El primer libro que me permito recomendar es: El cerebro femenino de Louann Brizendine. Ella es neuropsiquiatra, doctora en medicina pero sobre todo una mujer valiente y pionera en el estudio del cerebro de la mujer, el impacto que tienen las hormonas en nosotras y cómo éstas modifican nuestras cogniciones y nuestra conducta. Es por ello que invito a la lectura de este texto increíble, pues creo que es un tiempo de bonanza para muchas mujeres, sobre todo en temas de información. La belleza de este libro es que nos aporta descubrimientos científicos, además de la experiencia de la doctora Brizendine en psicoterapia, ambas cosas bien fusionadas en su contenido y estilo, lo que hace valiosa y accesible la información que aporta.

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Igualmente les dejo el vínculo de una entrevista, a modo de equilibrar o legalizar la balanza, el tema es: El cerebro masculino. De tal modo nuestro análisis será más objetivo y quizás nuestras relaciones con ese “otro” sea más afable y empática. https://www.youtube.com/watch?v=dyKU_5Kriws

las-diosas-de-cada-mujer

Para aquellos que como yo, les gusta leer desde diferentes enfoques, les dejo otro libro, Las diosas de cada mujer, Quizás complementará sus ideas, fomentará algunas dudas o simplemente encontrarán un refugio, donde dar respuesta a cuestiones de carácter inconsciente. Una mirada desde la comprensión de ciertos patrones internos que nos “dirigen” y motivan a ser de un modo y no de otro; según Jean Shinoda esto se debe a que en nosotros subsisten ciertas diosas dominantes. Esta reconocida psiquiatra, analista jungiana y prolifera mujer, nos conduce de la mano de la mitología y su practica en  psicoanálisis jungiano a descubrir aquellas otras representaciones que también puede caber en el universo de la mujer.